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Augusto Rendón a caballo entre el grito y el símbolo

Por: Samuel Vásquez*

No tenemos cómo probar qué nació primero en el ser humano: si el sentimiento religioso, la expresión poética, o el pensamiento. Claro que algunas veces se daba un sincretismo tal que participaba de los tres al mismo tiempo.

El horror de lo desconocido concibe lo invisible, que es el primitivo sentimiento religioso: se da allí un temblor, un pasmo, un silencio. Provoca un recogimiento, una extrañeza honda y total. Es una experiencia intransitiva y suscita un lenguaje elusivo.

El asombro ante una presencia engendra un sentimiento poético. Se da allí un estremecimiento, un sacudimiento, una excitación que provoca una expresión oral y gestual en búsqueda de sentido. Se da un extrañamiento parcial que convoca a un lenguaje alusivo, que no interpreta sino que revela.

El hambre y la injusticia son experiencias molestas que generan la primera rabia, principio de la conciencia en la condición humana, del pensamiento primigenio: aparece entonces una tensión, un ahogo, un grito que se vuelve racional, que deviene discurso. Entonces despierta una disposición necesaria para la disertación. Es una experiencia transitiva que llama a un lenguaje narrativo para que interprete su condición.

Me asisten oportunas estas palabras de Goethe:

Nada sé mejor, para los domingos y días de fiesta,
Que una conversación sobre guerra y llamamiento a las armas;
Mientras que allá abajo, bien lejos, en Turquía,
Los pueblos mutuamente se degüellan,
Aquí estamos sentaditos, a la ventana, apurando una copita,
Y contemplamos las abigarradas naves deslizándose río abajo;
Por la tarde regresamos alegres a la casa
Y bendecimos la paz y los pacíficos tiempos.

Mientras la gran prensa apenas reproducía versiones oficiales sobre los horrorosos sucesos de la violencia en Colombia como un megáfono de los partidos políticos en el poder y la iglesia católica, Alejandro Obregón, Carlos Correa, Augusto Rendón, Pedro Alcántara, Carlos Granada y algunos otros artistas realizaron imágenes que eran contestación a la “verdad” oficial en una especie de urgente contrahistoria. Aunque Alejandro Obregón advertía desde entonces que “un pintor es más peligroso con un ladrillo en la mano que con un pincel”, estos indignados, más que dejar un testimonio sobre algo que pasó, gritaron en presente contra eso que los irritaba.

En Colombia, los más ardorosos propagandistas de las actividades de extrema derecha fueron los obispos de Pasto y Santa Rosa de Osos, Antioquia, monseñores Ezequiel Moreno Díaz y Miguel Ángel Builes. Nacido en España, Moreno Díaz sostenía a fines del siglo XIX: “Jamás ha tenido ni tendrá la Iglesia otra cosa que condenaciones para los principios del 89 [léase Revolución Francesa], para las ideas modernas, para el derecho nuevo, basado en aquellos funestos derechos del hombre”. Partidario de enfrentar con las armas al liberalismo, Moreno Díaz planteó: “La guerra (…) es un castigo que Dios permite para la purificación de la nación”. En consecuencia, les indicaba a los católicos “acudir a los campos de batalla de un modo voluntario”, con “el convencimiento de la causa que defienden”.

En cuanto a Builes, reconocido por los historiadores como adalid de la lucha de la iglesia contra toda idea de modernidad, catequetizaba que “no se puede ser (…) liberal y católico a la vez” ya que “el liberalismo es el padre de Lucifer”. Para referirse a las revueltas del 9 de abril de 1948, dijo: “el comunismo planeó y organizó los horrendos desafueros, pero no estuvo solo: el verdadero autor de la hecatombe es el liberalismo colombiano, vestido de comunismo, que concibió y realizó el movimiento”.

En Colombia cuando se habla de los derechos “de todos”, se refirieren a derechos pasivos. Es decir, las comunidades marginadas pueden ser nominadoras de derechos, pero no ejecutantes de derechos, lo que las convierte ipso facto en conspiradoras, en subversivas. Tienen derecho a la educación, pero quienes deciden qué clase de educación se da, son otros. Tienen derecho a la información, pero quienes producen la información son otros.

Augusto Rendón con Juan Antonio Roda y José Antonio Suárez, conforma el grupo de grabadores más importantes del arte colombiano en toda su breve historia republicana. Sin duda, Rendón es al grabado lo que Obregón es a la pintura.

Rendón fue asesor diligente y generoso en la creación del taller de grabado del Taller de Artes de Medellín en 1977, que fue el primer taller de grabado independiente que operó en esta ciudad. Allí dirigieron talleres, además, Juan Antonio Roda, Leonel Góngora y Umberto Giangrandi; y asistieron como estudiantes José Antonio Suárez, Ángela María Restrepo, Luis Fernando Peláez, Julián Posada, Santiago Londoño, Yomaira Posada, entre otros.

Allá hicimos la primera carpeta de grabados hecha en esta ciudad, “Mester de caballería”, con grabados al aguafuerte Rendón y poemas de Juan Manuel Roca hechos a la mezzotinta.

Carátula de carpeta “Mester de caballería”, (47 X 77 cm), diseño: Samuel Vásquez

Grabado de la carpeta

Estas significativas obras nunca han sido reseñadas por los inquietos historiadores locales ocupados en desempolvar periódicos viejos, que olvidan con demasiada frecuencia la advertencia de Aldous Huxley: “Los hechos no dejan de existir porque se los ignore”.

En su día ningún periódico colombiano reseñó el deceso de Augusto Rendón. Cosa parecida sucedió con la reciente muerte del genial Blas Emilio Atehortúa, con Lucho Bermúdez, los más importantes músicos nacidos en Colombia.

Rendón, guerrillero de salón / Grabado de José Antonio Suárez cuando estudiaba en el Taller de Artes con Augusto Rendón (1977)

Entre nosotros el grabado carece de prestigio: su pianísima voz sólo es escuchada por oídos finos. Para una comunidad como la nuestra, arriada por vendedores de cuadros, censores morales y arribistas sociales, el grabado es excesivamente modesto y poco visible (léase rentable). No sospechan que el buril del grabador ara una trinchera contra el facilismo y el relumbrón. La fuerza cognitiva y el valor sensible del arte han sido siempre una resistencia contra toda ilusión (de illusio, engañar), contra todo hecho visual incapaz de engendrar una presencia, o de construir una ausencia.

Aquí lo que vende es ese tratamiento homeopático que tantos dan a su obra: si el mundo está lleno de mal gusto, pues démosle más de lo mismo, lo más naive posible, y así obtener empatía; si el mundo está lleno de prostitución, démosle más rameras, y además hiperrealistas para que la ilusión (masturbación) sea más fuerte. El ansia ignorante de perseguir el parecido siempre está acompañada de la «horrible vacuidad de reproducir»: con su ojo parásito de lo real y su mano vegetativa, reemplazan imagen por remedo, imaginación por reproducción.

El grabado de Rendón se manifiesta a caballo entre una gestualidad expresionista que grita y un simbolismo militante que denuncia. Estos grabados al aguafuerte y a la mezzotinta lo hacen participe de la Nueva Figuración, la tendencia más extendida en toda Latinoamérica en la década del 60. Una tendencia rica y numerosa que reúne expresiones de artistas independientes, fuertes y talentosos como Luis Felipe Noé, Ernesto Deira, Romulo Macció, José Luis Cuevas, Jacobo Borges, Jorge Páez Vilaró, Carlos Alonso, Pedro Alcántara, Leonel Góngora, Antonio Seguí, Brian Nissen, Antonio Samudio.

El caballo que ha sido la imagen que más pedestales ha ocupado en las plazas públicas de las ciudades colombianas para exaltación del poder, aquí pasa a ser símbolo de desobediencia y fortaleza de la gente del común. Caballo que se encabrita para no ser enjalmado y sometido. En estos grabados el caballo representa al ser oprimido que se revela contra aquel que lo monta.

Sentimos algo siniestro en los grabados de Augusto Rendón porque lo siniestro es aquello reprimido que retorna.

El interés por el grabado que floreció en los años 60s en Colombia se debe precisamente a la labor de Augusto Rendón y Umberto Giangrandi, tanto por medio de sus clases en la universidad como por sus exposiciones y ediciones de carpetas.

De una entrevista que Gonzalo Márquez Cristo le hizo a Augusto Rendón, traigo este botón:

—“Goya, el visionario. Las catorce obras que han sido nombradas como sus pinturas negras son de una poesía desgarradora… cuando regresé de Florencia donde estudié durante la década del sesenta pintura mural y grabado, me vinculé a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, y lo primero que hice fue reparar una prensa que estaba hibernando y comencé a plasmar bajo la técnica del aguafuerte y la punta seca, toda mi imaginería de seres asediados por la violencia, y, sin duda, Francisco de Goya me dictó algunas de mis pesadillas gráficas.

—Durante la década del sesenta la violencia encontró su expresión pictórica en Colombia, sin duda por un sentido político que se vinculaba entonces a todas las manifestaciones humanas…

—Durante esos años advertimos que el país se convulsionaba, se desangraba. Nuestra aventura estaba en realizar obras que contaran la realidad aciaga con un gran sentido estético, pero la motivación era testimoniar la injusticia. Goya no quería hacer un cuadro bonito al pintar Los fusilamientos, sino denunciar el genocidio de las tropas francesas durante la toma de Madrid…

—[…]

M. C. —Cree que algunas veces la violencia es una manifestación erótica…

—Sí, en lo que atañe a Sade o Sacher Masoch, e incluso en las posibilidades contemplativas del arte. Pero cuando se trata de una avanzada política o militar, cuando los más indefensos se vuelven un objetivo de castas tiránicas, allí la posibilidad sensual o erótica se me escapa. Con Alejandro Obregón y otros artistas que trabajábamos este tema en forma sistemática, realizamos hace cuarenta años una exposición en Puerto Rico denominada “Testimonios”. Y allá, en esa pacífica isla tropical la muestra tuvo gran repercusión, pero en Colombia, cuna de aquellos improperios que describíamos en nuestra pintura, los medios se negaron a registrar la exhibición por considerarla subversiva.”

Santa Bárbara, (Premio de Grabado, Salón Nacional de Artistas).

* Samuel Vásquez es dramaturgo, ensayista, músico, poeta y artista plástico; fundador y director del Taller de Artes de Medellín, que conjugó el teatro, la música, la danza, los títeres y las artes plásticas.