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Notas de Prensa

Abraza el abismo

Verde es un tipo de lo más interesante. No recuerdo bien el momento en que lo conocí, creo que vive en mi edificio. Tampoco sé muy bien cómo se llama. Ha de ser algo así como Diego Felipe Becerra, Dilan Cruz o algo así…

Le digo Verde porque una vez me puse a decirle a una amiga que había un punkero de unos 28 años aproximadamente, que siempre veía salir de mi edificio montado en una Cruiser y que —no sé por qué —me parecía lo más de llamativo, con su enorme cresta verde, su chaqueta de jean incrustada de taches, sus pantalones entubados y sus Croydon tipo Converse desteñidos.

—¡Verde!—, exclamó ella con los ojos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja —¡Claro, ese mansito es una chimba!

Me sorprendió un poco que lo identificara tan rápido, aunque la verdad no tanto porque caminar con ella por la Bogotá que andamos es detenerse en cada esquina a saludar a alguien que abre los ojos y estira la sonrisa de la misma forma en que ella lo hizo ante la evocación de Verde. Al igual que yo. La mera lleca.

El caso es que una madrugada, luego de azotar baldosa en Asilo, un antro en la Caracas con 39 —que antes fungía como el amanecedero que recibía a todas las putas y borrachos que la ley zanahoria exiliaba de los burdeles decentes y que ahora se volvió una discoteca en la que otra clase de escoria puede bailar al ritmo de Billy Idol, The cure, Joy Division y Morrissey—, lo encontré vendiendo hamburguesas veganas con salsa de babaganuch a la salida, luego de haberlo pillado gozando arriba en la pista meneando la cresta con su gran caja de domiciliario a cuestas. ¡Dancing with myself!

—Parce, yo a usted lo conozco.

—¿Ah sí?

—Bueno... Pues, creo que somos vecinos.

—Ah, vea pues, veci. ¿Qué tal las hamburguesas?

—¡Uy, marica están una recontrachimba! ¿De qué son?

—De carne de oficinista. Pero, el secreto está en el babaganuch.

¿Carne de oficinista? ¿Así le dicen los veganos de ahora al tofu?

—¿Quiere pelear?

—¿Ah? —no me dejó salir de mi primer asombro con lo de la carne molida cuando ya me estaba metiendo en otro.

—Uno solo se conoce cuando lucha. ¿Quiere?

—Pero, por qué voy a querer… —¡Bum! No me dejó terminar cuando ya me había metido un tracket en todas las ñatas.

Me enceguecí y comenzamos otra clase de baile que no tiene mucho caso contarles porque, gracias a Hollywood, seguro ya se lo saben de memoria.

Lo importante es que desde esa noche comenzamos a parchar juntos pa’ arriba y pa’ abajo y hasta montamos nuestra propia iglesia de inconformes.

Lo de las peleas clandestinas a la luz de la luna era solo ornamento. Lo que vino después fue lo realmente interesante. Comenzamos a planear, asignar y a ejecutar pequeñas tareas sociales muy útiles y educativas como lanzar tachuelas en la madrugada a la Autopista Norte desde algún puente peatonal para que el trancón de las mañanas fuera mucho más monumental y los pequeños burgueses enlatados en sus Audis y Mercedes tuvieran que pasar más tiempo a solas con esa insoportable y patética cosa a la que llamaban vida, sin poder llegar a tiempo a ningún trabajo que los distrajera.

Fight club jabón. Imagen tomada de: https://co.pinterest.com/pin/519813981974449586/

O algunas veces incluso, también nos poníamos pasamontañas, entrabamos a algún Pomona, Éxito o Carulla y saqueábamos el lugar llevándonos llamativos artículos, como toneladas de mantequilla de maní que luego utilizábamos para conducir millares de ratas apestosas a las casas de honorables senadores y políticos de todas las calañas a las afueras de la ciudad. Hamelin entera se hubiera sonrojado.

Pero todo esto no era más que un juego de niños. El calentamiento y preámbulo para lo verdaderamente bueno, nuestra obra maestra.

¿Han disfrutado del toque de queda por estos días?

Un día le asignamos a un bioquímico del club una misión especial: el proyecto Mayhem, un experimento que resultó en una suerte de cruza cuasisexual entre un chimbilá y un marrano que luego sintetizaría en un virus que, sabíamos, los medios coronarían con un bello y atractivo nombre que rescataría sus decadentes ratings en la sociedad del cansancio.

¿Han visto las noticias últimamente?

En lo particular, preferiría comerme un bollo de mierda a la pimienta, pero recientemente se han tornado interesantes. La alcaldesa Claudia López ordenó un estudio en el que se le preguntaba a los ciudadanos qué era lo que más resentían de la cuarentena y más del 40% respondió que quedarse en casa con sus ‘bendiciones’ y parejas.

¿Qué pasó? ¿No dizque los hijos eran la última Coca-Cola del desierto y lo mejor que le podía ocurrir a uno en la vida?

¿Qué fue de ese discursillo que se la pasaban vomitándonos a todos los que nos negamos a seguir el libreto, diciéndonos que no sabíamos de la dicha que nos perdíamos? ¿No que era el motor de sus vidas, la razón de su existir, el plan de Dios y no sé qué más chorradas?

¿Cuál es el pánico? ¿De dónde la histeria, entonces? ¿Qué ocurre ahora que los hemos arrojado al patético pozo que han construido por vida —si es que a eso se le puede llamar vida —, qué pasa ahora que han sido regurgitados a su esencia, qué es lo que han encontrado, mis queridísimos Dasein?

¿O será más bien que, simplemente, era el sermón oficial que les permitía arrastrar a otros a su infierno particular para, así, no sentirse tan mal por ser los únicos sumidos en semejante mierda, que gracias a nosotros ya no pueden evadir más con otras miserias llamadas trabajo o rutina?

“Tenemos trabajos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos importa. En el club de la pelea, luchas contra todas las cosas que odias en esta vida. No eres tu trabajo, no eres el dinero que tienes en el banco, no eres el auto que conduces, no eres el contenido de tu cartera, no eres el puto traje que vistes. Lo que posees acabará poseyéndote. Esta es tu vida y se acaba a cada minuto. Deja tu trabajo. Empieza a luchar. Demuestra que estás vivo. Si no reivindicas tu humanidad te convertirás en una estadística. El asombroso milagro de la muerte”.

En palabras de Ty… Perdón, de Verde el mensaje está claro. En las mías, la cosa es aún más simple; entiende de una puta vez que no controlas una mierda, corre a la tienda y en vez de comprar papel higiénico a lo loco, antes de morir compra una paca de Marlboro rojo, un buen Jack, enciérrate en tu casa y culea como un convicto recién fugado, si es con la persona que amas mejor, si no, algo es algo. Disfruta la fiesta mientras dura la música. Memento Mori.

Pero si aún no sabes bien de qué va la cosa o simplemente quieres otro poema de Verde, lo entiendo:

“En el mundo que imagino se cazarán zorros grises en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas del Simón Bolívar. Se llevarán ropas de piel que durarán toda la vida. Se trepará por lianas tan gruesas como mi muñeca que envolverán la torre Colpatria. Y cuando se mire hacia abajo, se verán pequeñas figuras humanas machacando maíz y secando tiras de carne de zorro en el asfalto de alguna gigantesca autopista abandonada”.

Hablando de Verde... ¿Lo han visto? Desde que comenzó la cuarentena y decidimos encerrarnos juntos en mi apartamento lo oigo, pero no lo…

—¿Verde?

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Autor: Pablo Enrique Triana Ballesteros