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Centro de Divulgación y Medios
Notas de Prensa

El lado humano del padre de la medicina en Colombia

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

José Félix Patiño, quien fuera considerado el padre de la medicina en Colombia falleció el pasado 26 de febrero de 2020. Conozca en esta nota algunas cosas que probablemente no conocía de este gran personaje y que dan cuenta, sobre todas las cosas, del ser humano que fue.

Probablemente, ya sepa que José Feliz Patiño (Q.E.D.) fue ministro de salud, rector de la Universidad Nacional, donador de más de 13.500 libros a la misma Institución (la donación bibliográfica más grande de su historia), co fundador de la clínica Fundación Santa Fe, fundador de la facultad de medicina de la Universidad de los Andes y hasta, como muchos medios lo han denominado, el padre de la medicina en Colombia. Pero lo que quizás no sepa sean cosas como que, como si fuera una receta médica, alguna vez le aconsejó a una sobrina que le estaba cuidando a su hija recién nacida darle güisqui para que dejara de llorar y pudiera, al fin, conciliar el sueño mientras él volvía a casa, pero de eso ya hablaremos más adelante. Por ahora, miremos de primera mano cómo era este hombre tan relevante para la historia de Colombia.

“Él era una persona muy directa. No andaba con rodeos y menos en salud. O sea, si la persona estaba enferma de algo, le decía usted está enfermo de esto o aquello y lo que tiene que hacer es esto o, simplemente, no se puede hacer nada, pero no se ponía con placebos. Y creo que ese carácter fue el que le dio esos dotes de liderazgo en todo lo que emprendía; fue líder como rector de la Nacional y siguió siéndolo ya que siguió trabajando varios años en el Consejo Superior Universitario y en muchas otras esferas de la vida pública colombiana”, cuenta Marta Combariza, profesora de la Escuela de Artes Plásticas, ex directora del Museo de Arte y sobrina del profesor Patiño, en una entrevista otorgada al Centro de Divulgación y Medios de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia.

Pero su voracidad intelectual no se reducía al campo de la medicina, desde que estudió en la Universidad de Yale, luego de haber iniciado su vida académica en Arquitectura en la Facultad de Artes de la Nacional y haberse pasado a Medicina en la misma Universidad, descubrió un mundo que, para la época, era supremamente ajeno y lejano a Colombia. Por eso desde que regresó a su país natal (aunque, por azares de la viajera vida de su padre, nació en Venezuela siempre se supo colombiano) no paró de intentar que ese mundo cultural que se le había abierto allá, también llegara acá y estuviera al alcance de todos.

“Siempre decía que el mejor viaje que se podía obtener en la vida era leer un libro y ser capaz de vivir con el autor esos parajes, esos lugares. Entonces pues no es de extrañar que tuviera una biblioteca tan gigantesca con ese amor por los libros pues era clarísimo que él mismo, verdaderamente, era una biblioteca leída”, comenta la profesora Marta.

Biblioteca que ahora reposa con sus 13.500 ejemplares, donados en vida en 2017, en la Universidad Nacional cuando el profesor Patiño tenía 90 años he hizo el aporte voluntario de libros más grande en la historia de la Institución.

Pero ese afán porque todos tuvieran acceso a espacios culturales de primer nivel, no solo se hizo evidente en gestos como este, sino que también fue bajo la batuta de su dirección cuando se inauguró, nada más, ni nada menos que el auditorio León de Greiff.

Asimismo, su filantropía podía verse más allá de la medicina o del arte y la cultura que intentó fomentar y compartir con todos.

“Recuerdo que alguna vez, estando de paseo en una finca de melgar cuando tenía unos 16 años aproximadamente, tuvimos un accidente en el carro y una varilla atravesó mi cráneo dejándome 22 días en coma. Inmediatamente, me trasladaron a la clínica San Rafael de Girardot. Mi padre llegó de Melgar, desesperado sin poder encontrar solución, porque no había respuesta en San Rafael. Si hoy en día los hospitales en Girardot sufren de la precariedad de la que sufren, pues imagínese en esa época (1966 aprox.) cómo era un centro médico allá. De igual manera, no había redes de comunicación como las de hoy en día y todo era mucho más difícil. Por eso valoro y agradezco tanto que cuando mi padre, desesperado llamó, en medio de la noche, a José Félix, en Bogotá, él inmediatamente llegó hasta allá para hacerse cargo de la situación y consiguió que me trasladaran a Bogotá donde me pudieron atender con lo que necesitaba y salvarme la vida. Por eso considero que José Félix fue mi salvador. Sin él y su inmediata colaboración, seguramente no hubiera podido tener la larga vida que he tenido”, afirma Ignacio Combariza, sobrino político de Patiño.

Sin embargo, el liderazgo, el altruismo y la filantropía no fueron los únicos rasgos que caracterizaron a José Félix Patiño. También y ante muchas otras cosas, fue sobre todo un vanguardista.

“yo era una niña de 9 años él acababa de llegar de sus estudios en Yale y estábamos en una piscina y apenas me vio ven y te miro ese lunar en la pierna. Y me dijo, luego de mirarlo, mañana en el consultorio te quito ese lunar, y efectivamente me lo quitó, y luego resultó que era cancerígeno. Pero lo interesante es que eso hoy en día suena súper normal, pero para esa época nadie hablaba de ponerle cuidado a los lunares ni cosas de esas. En eso puede ver uno lo adelantado que era José Félix para su época y el aporte tan grande que significó para la medicina en Colombia”, comparte Helena Combariza, hermana mayor de la profesora Marta.

Pero esta no es la única anécdota que guarda Helena, ni lo único que muestra lo visionario y adelantado que era profesor Patiño para la idiosincrasia colombiana.

“Yo era la mayor de las sobrinas, él acababa de llegar de Estados Unidos y llegó con Mariana, su hija mayor, que era un bebecito y entonces en algún momento él me pidió que si yo le podía ayudar a cuidar a Mariana, y yo pues había cuidado a mis hermanas, pero no más. De todas maneras, terminé cuidando a Mariana, pero nada que dormía y nada que se dormía y entonces lo llamé para preguntarle qué hacía y me dijo ‘ah no eso es muy fácil, no te preocupes; échale dos o tres goticas de güisqui en el tetero’ jajaja, pero con gotero y todo. Eran dos tres gotas exactamente, y claro la china quedaba fundida. Y esa práctica la seguí fielmente, cuando me ponían a cuidar a mis hermanas, entre ellas, Marta entonces por eso ya sabes cosas de Martica”, comparte entre risas Helena Combariza.

Y así, puede verse para marcar la historia de un país como Colombia no se empieza desde sus dimensiones más globales, sino desde las esferas más íntimas y personales del ser.