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Centro de Divulgación y Medios
Notas de Prensa

“Escribir y leer son ya actos de paz”

Por: Diana González

Esa fue la respuesta que dio la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo al ser interrogada por las maneras de narrar la paz, de escribir para la paz, en el transcurso de la conferencia “Literatura, desastre y paz, escenario local y global”, a la que fue invitada como panelista hace unos días. Además, aseguró, leer un buen libro es una manera de luchar contra la frivolidad, pues este es uno de los recovecos en los que se esconde la violencia.

La relación entre paz y literatura y, aún más allá, la manera de abordar la primera desde la segunda fueron los temas sobre los que versó esta conferencia que, recientemente, organizaron el Instituto Colombo-Alemán para la Paz, el Departamento de Literatura de la Facultad de Ciencias Humanas y la Maestría en Escrituras Creativas de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

“Quizá, la paz solo se pueda escribir a partir de pequeños rincones”, comentó casi al inicio de su intervención Laura Restrepo, cuando afirmó que, por ejemplo, la maestría con la que escribe Fernando Vallejo es un acto de paz. Por eso, destacó de la obra de este escritor la novela El desbarrancadero, en la que, dijo, hay entrelíneas de paz, de convivencia, de dignidad, a pesar de la crudeza de los temas.

En este sentido, recalcó que no porque se hable de violencia en la literatura puede aducirse que la literatura es violenta. Al contrario, explicó, el hecho de hacer uso del lenguaje de una manera diestra, honesta y pasional, sea cual sea el tema, es ya “un acto de paz que abre una esquina, un rincón de paz, de comunicación, de encuentro con uno mismo y con los demás”.

Laura Restrepo estuvo, recientemente, en el campus de la Universidad Nacional de Colombia, impartiendo la conferencia “Literatura, desastre y paz, escenario local y global”. Foto: Sergio Ruiz, Centro de Divulgación y Medios.

De ahí que leyera algunos fragmentos literarios de ciertos autores que, según aclaró, hablan de paz sin ser tan directos, simplemente aluden a ella a través de la lírica para evocarla, para hacer que “el lector la viva”, la experimente en letras, en palabras, en libros. El primero que leyó, entonces, fue un breve texto de la narración Platero y yo, del poeta Juan Ramón Jiménez. “En las orejas de ese burro Platero, de alguna manera, está la paz, ese instante de paz”, reflexionó.

Y así, como un instante de sosiego, de calma, de tranquilidad, la afamada periodista y escritora describió la paz y la asoció al deseo, a la esperanza, a la ilusión, pero siempre en el sentido de lo fugaz, lo efímero. Tal vez, porque esto fue lo que alcanzó a vislumbrar –más con el corazón que con el raciocinio– durante lo corrido de los años 80, cuando el país alimentaba el ligero deseo de lograr un acuerdo de paz, aún en el vasto universo en el que estaba inmersa esa probabilidad.

“El proceso de paz de los 80 fue, realmente, sangriento y tuvo unos hechos de guerra muy brutales. Sin embargo, este proceso montó a Colombia en esa sensación nueva, maravillosa, embargadora, de que, de golpe, después de tantas décadas de violencia, la paz era posible. Yo creo que era una cosa que en ese momento se estaba respirando en el país, porque la paz era una posibilidad”, comentó al respecto.

Una posibilidad que en 1984 se presentaba como una salida política al conflicto colombiano en la que ella tuvo un importante papel, pues fue uno de los miembros de la Comisión Nacional de Negociación y Diálogo –por el arte y la cultura– entre el gobierno del entonces presidente Belisario Betancur y la otrora guerrilla M-19. Esta experiencia la llevó a escribir el libro Historia de una traición, un nombre que, en una edición posterior, reescribiría con el de Historia de un entusiasmo.

Precisamente, de este libro leyó el prólogo y explicó al auditorio el porqué del cambio de título. Según relató, porque ella –a pesar de que recibió amenazas de muerte y tuvo que exiliarse en México y España luego de su publicación– y cuantos participaron en ese proceso de negociación y diálogo experimentaron el entusiasmo y la esperanza derivadas de esa posibilidad que, aunque instantánea, pervivió en ellos a pesar de los sucesos, de la realidad, de los muertos.

La periodista y escritora fue, en 1984, uno de los miembros de la Comisión Nacional de Negociación y Diálogo –por el arte y la cultura– entre el gobierno del presidente Belisario Betancur y la otrora guerrilla M-19. Foto: www.elmundo.com

“Muchos años después de vivir la rudeza, de saber la cantidad de muertos y el reguero de sangre y de sentir esa frustración terrible por ese agujero negro que dejó el Palacio de Justicia y la manera brutal como se cerró ese proceso de paz, lo que, de todas maneras, quedaba viva era esa sensación de posibilidad, de alcanzarla, de tenerla, aunque fuera tan efímera”, resaltó.

Restrepo también se refirió al tema del sicariato y, por eso, narró un episodio que tuvo lugar en Medellín, en donde un joven sicario que apenas la había visto le dijo que iba a matarla. Y ella le pregunto, “pero, por qué vas a matarme, ni siquiera me conoces. Porque si no te mato tú no me miras, respondió él”. Y ese suceso la marcó, pues según aclaró, ese tipo de pensamiento es propio de personas a las que la vida no les depara suficiente pasión.

Frente a esto, aseguró que para erradicar el culto a la muerte es necesario ayudar a edificar pasiones de la misma intensidad, pero de carácter positivo, pues al parecer –según dan cuenta sus investigaciones– en el delito de matar, de matarse a sí mismo y de matar a los otros, hay una forma de pasión muy poderosa.

Al respecto, reiteró: “tenemos la necesidad de construir pasiones positivas, con igual intensidad, y estas pueden encontrarse, manifestarse, a través de la literatura, de la conversación, de la amistad, de la solidaridad, del arte, de la escritura. Son pasiones igualmente fuertes, creadoras de vida”.

Así mismo, se refirió a lo “terrorífico que es negar la herida, el dolor, la muerte” y a la cultura de la frivolidad norteamericana que, según dijo, va más allá del presidente Donald Trump. En realidad, aseguró, tiene que ver con la pretensión de creer que son tan poderosos que han derrotado la muerte.

“Esa es la gran derrota de la cultura norteamericana y no estoy hablando en abstracto. Esto significa que la cirugía plástica se vuelve campeona porque uno tiene que ser joven, porque la vejez hay que asilarla prácticamente en guetos, porque lo que vale es lo joven, lo nuevo, lo original, porque la enfermedad se tapa, se niega. Yo aprendí eso en Estados Unidos”, reveló.

"Un libro con un lenguaje potente es ya un acto de paz y un manifiesto contra la frivolidad", Laura Restrepo. Imagen: www.airedesantafe.com.ar

Para hacer frente a esa cultura frívola, dijo que una de las formas es a través de la lectura, de los libros, pues estos otorgan la oportunidad de adentrarse en el conocimiento; son una forma de no sucumbir a la superficialidad impuesta, sugerida, directa, en fin, una herramienta contra ese lenguaje de guerra, ya que –según aclaró– esa es la otra mirada de la guerra, la de la frivolidad que conlleva a la indiferencia y a la violencia.

Al respecto, mencionó: “en esta cultura de frivolidad la cabeza no es importante, no existe. Y ese es un mensaje brutal, es decir, son recovecos donde se esconde la guerra y la violencia. En la frivolidad se esconde un lenguaje de violencia”.

Para concluir, recalcó que un libro con un lenguaje potente es ya un acto de paz y un manifiesto contra la frivolidad. Y por eso, dijo, es necesario fomentar la lectura en los niños, en los jóvenes, en los adultos, porque “cada libro es como una milhoja que va haciendo que el lector penetre cada vez más hondo en capas y capas de sí mismo, en capas y capas de la realidad. Y la frivolidad es una cosa de superficie, mientras que los libros son objetos de profundidad”.