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Centro de Divulgación y Medios
Notas de Prensa

Paisaje no es jardinería

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

El profesor Orlando Campos Reyes expuso un panorama claro y actual del paisaje en el Encuentro Internacional de Paisajismo y Ciudades Sostenibles.

El paisajismo en Colombia enfrenta diversos obstáculos y retos que debe superar para dar solución a problemas sociales, económicos, y medioambientales que trascienden lo estético. Esta fue la premisa central de la presentación del profesor Orlando Campos Reyes, quien abrió, en representación de la Maestría en Diseño Urbano de la Universidad Nacional de Colombia, a las 9:30 de la mañana de hoy el Encuentro Internacional de Paisajismo y Ciudades Sostenibles que se celebra en estos momentos en el Jardín Botánico de Bogotá.

Para empezar, y de acuerdo con la ponencia del profesor, existe una confusión a la hora de definir paisaje, pues por lo que se ha dado en el ejercicio práctico del paisajismo en Colombia, la gente piensa que se trata simplemente de incluir árboles, vegetación y plantas, en general, dentro de los diseños arquitectónicos. Pero el paisaje va mucho más allá de la jardinería.

Explica el profesor Campos, que el paisaje como expresión es una elaboración del pensamiento y, por tanto, una valoración cultural. “Se trata nada más ni nada menos de la relación del individuo con el territorio”, expresó el docente en una entrevista otorgada al Centro de Divulgación y Medios de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia.

En este sentido el paisaje es un territorio cargado de valor, o lo que en otras palabras podría expresarse como, la semantización de este. Un constructo cultural que dota de sentido y significado algo que, por sí solo, no lo tiene: el territorio.

El profesor Orlando Campos Reyes exponiendo en el Jardín Botánico de Bogotá. Foto: Pablo Triana.

En segunda instancia, cuando analizamos el paisaje como manifestación, lo hacemos a través de los sentidos, pero es evidente que el que más se privilegia es el de la vista. Somos una sociedad preponderantemente visual y de este modo, asumimos el paisaje como imagen.

En este orden, es la imagen la que se reviste de semántica y carga de significados al paisaje. En cuyo caso, la pregunta entonces sería, ¿cuál es la imagen?

Lo cual, el profesor Campos responde diciendo que la sociedad actual es la sociedad de la información y, en ese sentido, es una imagen de la complejidad y de la simultaneidad; de lo local y de lo global.

Y esto nos lleva a otro problema, entender el paisaje desde su función, lo que decanta en un utilitarismo que termina dimensionando las necesidades urbanísticas únicamente en términos de números y funciones, desconociendo las espirituales o perceptivas, es decir, incurriendo en un déficit estético.

De tal modo, que termina ignorándose de manera sistemática que el paisaje se compone de una historia, un lugar y un tiempo, omitiendo, así, su dimensión estética.

Y si a esto se le suma que el paisaje es una construcción colectiva que implica una dimensión holística que excede el terreno de la individualidad puede comprenderse que, como constructo interdisciplinar y plural de un colectivo humano, ha de propender por sintetizar las necesidades de dicho grupo y apuntalar a un desarrollo, la otra pregunta que surge, entonces es, ¿cuál desarrollo?

Diapositiva del profesor Campos tomando el Millenium Park de Chicago como un ejemplo exitoso de paisaje. Foto: Pablo Triana.

Lamentablemente, en Colombia la respuesta a dicho interrogante la dictaminan organismos como las Naciones Unidas, que claramente buscan satisfacer y responder a las necesidades de sus países fundacionales a través de mecanismos y dispositivos que van desde el Informe Brundtland hasta la Agenda 2030.

De tal suerte, que esa idea de desarrollo no parte de nosotros mismos ni de nuestras necesidades, sino de imposiciones exógenas, que poco o nada son atravesadas por una experiencia estética, sino, precisamente, por las cifras y el utilitarismo.

Y esto es grave puesto que el paisaje es clave en el desarrollo social ya que, cuando se le considera y atiende como se debería, provee cohesión social y calidad de vida, pues más allá de ese utilitarismo al que se le quiere restringir, el paisaje bien configurado se vuelve un referente de identidad, ámbito colectivo, puerta de acceso a espacios dignos y dimensiones como estas que responden a necesidades inscritas en un orden mucho más de lo espiritual y de lo perceptivo que de lo funcional o lo estadístico, que valga la reiteración, es lo único que pareciera importarle a los gobernantes colombianos, y ni siquiera.

Pero incluso más allá de una experiencia extasial un buen abordaje y configuración del paisaje puede significar un reequilibrio, en parte, de las inequidades y desigualdades, por medio de la redistribución de las riquezas, ya que espacios públicos que puedan ser disfrutados, apreciados, y habitados por todos, tanto como por ricos, como por pobres supondría una cierta supresión de las esclusas que monopolizan el goce para unos y lo restringen para otros.

Adicionalmente, si la gente se apropia más de su espacio desde el disfrute, pues lo va cuidar más y eso, en últimas, decantará en un ahorro monetario para el Estado ya que, por ejemplo, no tendría invertir tanto en reparaciones, reconstrucciones o, incluso, renovaciones de espacios deteriorados por el abandono, el descuido y la indiferencia de la ciudadanía, esto por citar tan solo un ejemplo.

Diapositiva del profesor Campos tomando el Paseo Bandera de Santiago de Chile como un ejemplo exitoso de paisaje que incrementó el turismo y el comercio. Foto: Pablo Triana

Así las cosas, el paisaje pude tener una injerencia económica (ahorro del gasto público y aumento de ingresos por rubros como el turismo y el comercio de espacios llamativos y atractivos), social (redistribución de las riquezas y disminución de las desigualdades), y medioambiental (disminución de la contaminación) si se sabe llevar.

“El reto, entonces, de los hacedores del paisaje es ponerse a tono con las altas demandas y expectativas de la sociedad actual, la sociedad de la información”, afirma Campos, quien también concluye que en Colombia no se ha logrado configurar, desde la academia, un cuerpo lo suficientemente sólido como para argumentar nuestro propio paisaje, uno que escape a los intereses de agendas neoliberales caducas y obsoletas (ni siquiera las de los países desarrollados en la actualidad) que tan solo buscan, todo lo contrario, privatizar.