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Notas de Prensa

Oswaldo Pérez De Los Ríos, el vacío ontológico de un aula que ya no será la misma

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

El pasado 6 de octubre falleció el profesor de Arquitectura Oswaldo Pérez De Los Ríos, este es un pequeño homenaje al enorme legado que nos dejó.

La mirada azul grisácea de Luz Marina Gómez Sanguino se tiñe de rojo y sal, al recordar al profesor Oswaldo Pérez De Los Ríos: “Se veía rudo, bravo, pero él era de un corazón blandito”, comenta mientras se enjuga las lágrimas que no logra contener en el acantilado de sus ojos al hablar de quien fuera, no solo un inolvidable compañero de trabajo, sino, además, un entrañable amigo.

El 6 de octubre de 2019 será recordado por esta mujer y una gran parte de la comunidad académica de la Universidad Nacional de Colombia, como un día opaco, en el que la luz de un comprometido profesor con el oficio que amaba, pero, especialmente, la llama de una persona muy humana, se apagó sin que su brillo se extinguiera.

El profesor Oswaldo Pérez bien podría ser recordado por su injerencia y participación en la historia de la arquitectura colombiana, no solo formando a reconocidos arquitectos desde las aulas que fueron aljabas para lanzar después agudas y filosas flechas que darían en la diana de proyectos tan significativos para Bogotá y Colombia en general, como cuando dirigió la tesis de pregrado de Felipe Pérez (1989), la cual consistió en diseñar el Parque Metropolitano para la Capital; o por menciones y reconocimientos propios como los que obtuvo con la Terminal de Transportes de Bogotá (1981), El Camino a Monserrate (1996) o La Fundación Gilberto Álzate Avendaño (1985); pero quienes más y mejor lo conocieron dan cuenta de que, incluso laureles de semejante envergadura, palidecen ante el verdadero legado de este hombre, su corazón.

Es tan así, que, aunque su hija Rosaura recuerda muy bien que su padre se graduó con mención especial de la Universidad Nacional de Colombia en 1975 y que, años después, en 1999 la misma institución le otorgó el premio de Docencia Excepcional, nada de esto es tan significativo para ella como el día en que su papá le enseñó la lección más importante de su vida, amarse a sí misma.

“Para él yo soy la mujer más divina del planeta. Cuando era chiquita estudiaba en el Liceo Francés y, como casi todos, tenía crisis de identidad, mis amigas eran rubias, arias, que encajaban perfectamente en los estereotipos establecidos de belleza, cosa que yo, morenita y con rasgos muy autóctonos, pues no; entonces no me sentía bonita y mi papá me decía: Rosaura, tú no eres bonita, tú eres mejor, tú eres exótica”, recuerda la única hija de Oswaldo, quien durante toda la entrevista que le concedió al Centro de Divulgación y Medios de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia habló en tiempo presente acerca de su padre. Y ¿cómo corregirla? Si solo muere quien es olvidado. Y para ella, como para quienes lo amaron, su memoria sigue viva e intacta, en tanto se le honre recordando historias como estas.

El mismo Eduardo Galeano escribió alguna vez en El libro de los abrazos que el vino no estaba hecho de uvas, sino que, por el contrario, la uva estaba hecha de vino, así que, a lo mejor, nosotros tampoco estamos hechos de átomos, sino de las historias que cuentan lo que somos. Así que ¿quién dice que mientras esas historias del profesor Oswaldo se sigan contando, él no permanecerá vivo y referirse a él en pretérito, no sería más que un desatino?

Historias como las que también cuenta Felipe Pérez, ex director de la Escuela de Arquitectura (2016-2018), actual profesor de la Facultad, y uno de los pocos que, no solo tuvo la fortuna de ser su ex alumno, sino también compañero y colega en la docencia y en proyectos propios del campo que los unió por más de 30 años:

“Oswaldo era el personaje de la Facultad. Y ¿por qué digo esto? Porque Oswaldo era muy defensor de los derechos de los estudiantes, de los profesores, de la universidad pública y de las comunidades indígenas. Era terco en el buen sentido de la palabra. Y eso hace referencia a que luchaba incansablemente por lo que consideraba justo. Era una persona brillante en la parte de diseño, pero más que eso, era una persona muy humana. Alguien que se entregaba incondicionalmente a sus amigos y que uno, sinceramente, lo podía admirar de muchísimas maneras. Y aunque siempre fue muy respetuoso de las personas que tenía a su lado, fue más respetuoso y vigilante de que las cosas se hicieran como debían hacerse. En un país en el que el miedo hace que la gente se calle y guarde silencio, él nunca temió alzar su voz por lo que consideraba justo. Lo caracterizó un pensamiento de protesta siempre, pero de protesta fundamentada, orientada en todo momento a atacar la desigualdad y las cosas que no se hacían bien. Y esta faceta de él fue muy clara y evidente para mí cuando se creó un Instituto acá en la Universidad y recuerdo muy bien una vez que lo vi enfrentarse a un profesor que fue nombrado director de dicho instituto, porque, hablando de injusticias e inequidades, con dicho nombramiento se saltaron el conducto regular y pasaron por encima del trabajo y trayectoria de profesores que, por meritocracia, eran mucho más aptos para ocupar ese cargo y él tuvo el coraje de decírselo a ese profesor en la cara, como se deben decir las cosas, pero por miedo no se hace”.

Este es un punto en el que tanto Luz Marina, Rosaura y el profesor Felipe coinciden al caracterizar a ese amigo, padre y mentor que se fue; ese alto sentido de justicia social y de equidad que no solo se reservaba para compañeros, sino que se extendía a indígenas y estudiantes, a quienes antes de pensar en corchar o rajar, se preocupaba más por atender y ayudar.

“Muchas veces lo vi, durante esos más de 15 años que compartimos juntos, sacar de su bolsillo para ayudarles a varios de sus alumnos que no tenían para los materiales, el transporte o incluso para comer. Aunque era exigente y siempre buscaba sacar lo mejor de sus alumnos, antes que nada, se preocupaba por ellos. Cuando no entregaban un trabajo o incurrían en varias inasistencias, en vez de regañarlos o ponerles una mala calificación, lo vi acercárseles y preguntarles si estaban bien o qué estaba pasando en sus vidas, qué necesidades tenían y cuando le contaban sus problemas, buscaba la manera de ayudarlos. La Universidad era su hogar y esto se evidenciaba en más de un sentido”, apunta Luz Ma, como todo el mundo le dice en su trabajo, quien trabajó como secretaria de la Coordinación Curricular de la Escuela de Arquitectura con Oswaldo y además fue su acudiente en la etapa de la enfermedad renal que lo arrebató de este mundo, ya que su muy amada Rosaura vive en Francia con sus hijos y su ex esposa Nelly está Radicada en San Andrés con su nueva pareja, quien, por cierto, también era muy amigo de Oswaldo.

“Aunque nos separamos, seguimos siendo muy buenos amigos, siempre que venía a Bogotá era él quien me recogía en el aeropuerto, y me hospedaba en la que fuera nuestra casa. Yo le traía las lociones amaderadas y cítricas que tanto le gustaba coleccionar. Afición, por la cual, los espacios que habitaba solían tener un olor tan a él, como esa presencia imponente que perduraba y lo llenaba todo cuando llegaba a algún sitio”, dice Nelly, quien compartió la vida con Oswaldo desde que la conquistó cuando juntos eran apenas unos estudiantes del pregrado de Arquitectura.

Y esta imponencia y porte que describe Nelly con los ojos hinchados de tanto llorar por esa gran parte de ella que ahora, dice, le falta es algo en lo que también coincide Luz Ma, quien narra que cuando Oswaldo llegaba a algún sitio, se sentía, pues su figura de 1,85, aproximadamente, y casi 90 km lo llenaba todo, pero no solo por el tamaño de su cuerpo, sino sobre todo por el de su carácter firme y recio, que, a su vez, fue la mayor lección que le quedó a ella, cuando le dijo: “mija, nunca se deje joder de nadie, y no joda a nadie tampoco. De eso se trata”.

Así, esta frase que suena a letanía perpetua y a epitafio perfecto se conjuga con la estampa de un hombre que vivía internado en la Universidad como si fuera su hoguera, su hogar, y será la misma que con el enorme tamaño de todas sus dimensiones ahora se sentirá como un vacío ontológico de la misma talla, imposible de llenar en las aulas en las que ya no estará, al menos, no en cuerpo.

En definitiva, y como tanto, estudiantes, colegas, y familiares constataron, podría decirse que Oswaldo Pérez De Los Ríos fue, como lo describe Felipe Pérez con la voz entrecortada por el llanto, esa consciencia de lo justo.

“Si pudiera, le diría a Oswaldo en este momento que me enseñara a decir las cosas como se tienen que decir”, concluye el profesor Felipe.

“Lo recordaré siempre con su mochila indígena terciada sobre su pecho, donde los llevaba a ellos, que tanto le dolían por lo explotados que han sido, según él, por esa inocencia de la que el hombre blanco se ha aprovechado por tanto tiempo. Y si pudiera le diría que lo quiero mucho, que fue una persona muy, muy importante en mi vida y que voy a lamentar no verlo todos los días”, se despide Luz Marina con la garganta anegada por el mar rojo de su mirada que al fin bajó desde sus ojos azul grisáceos hasta allí, donde late el corazón por quienes más amamos.

En cambio, Rosaura no llora, tan solo ríe recordando anécdotas como cuando una vez, cuando era adolescente la invitaron a una fiesta a la que su chaperón infaltable, Oswaldo la llevó y la dejó, tan solo para recogerla horas después cuando ella con la mayor confianza lo llamó para contarle que. Sin saber se comió una gran cantidad del pastel y que éste tenía drogas y “estaba en un viaje muy tenáz, a lo cual mi papá, mi parcero, llegó de inmediato, como era de esperarse y no solo me llevó al hospital a mí, sino que además hizo lavarle el estómago a todos mis amiguitos, por su puesto fui la más popular de la fiesta”, dice entre risas esta mujer que, aun dándome esta entrevista en la funeraria, no llora, sino que sonríe recordando a su papá en lo que ella llama, una deliciosa tertulia, y concluye diciendo que si pudiera decirle algo ahora mismo “le diría que fresco, que voy a estar bien, y que él también va estar bien”.