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Notas de Prensa

Los fantasmas del caribe, reconciliando un país roto

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

La Cinemateca Sala Alterna de la UNAL presentó por estos días el preestreno de la película del cineasta colombiano (radicado en Suiza), Felipe Monroy, un paralelismo de reconciliación entre un país convulso y una familia desintegrada.

Las butacas del auditorio Ángela Guzmán de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) se comenzaron a colmar paulatinamente hasta quedar llenas, las luces se apagaron para que la pantalla lo bañara todo con su luminiscencia, entonces una voz en off comenzó a narrar el drama de una familia desgarrada por las voraces fauces de la violencia y de la droga. Un señor, de unos 60 años aproximadamente, en primera fila, miraba atento con ojos de niño encantado lo que sucedía cuadro por cuadro como si una epifanía le fuera a ser revelada en cualquier momento, como un boxeador fatigado a punto de ver el recuento de la pelea.

El ciclo de la Cinemateca en su sala alterna presentó la película Los fantasmas del Caribe de Felipe Monroy.

La voz en off es la de Felipe Monroy, el hijo de Jorge, el señor en primera fila que mira atentamente la película como si fuera la primera vez que la ve, sin importar que ya la haya visto tres veces antes, incluyendo su gala de estreno en Ginebra Suiza, donde su hijo y director, reside actualmente, luego de que se fuera desde muy joven a buscar las oportunidades que este país pareció negarle desde su mismo nacimiento.

La película, Los fantasmas del Caribe, es un documental que Felipe realizó para intentar reconciliarse con Jorge por haberlos abandonado a él, a su hermana Adriana, y a su mamá Victoria desde muy temprana edad, por irse persiguiendo un besó, sí. Pero no el beso de alguna mujer, sino el dulce, pero letal beso del bazuco que lo llevo a habitar las calles del cartucho y del Bronx por más de 15 años.

Sin embargo, a medida que avanza la película el espectador descubre que Jorge (el padre) no es la única figura con la que Felipe busca reconciliarse en a través de este filme. La madre, Victoria, es presentada como una mujer de ascendencia indígena bastante devota y uribista que parece vaciar el cántaro de su ira por la frustración y desolación del abandono de su marido, en unos pequeños Felipe y Adriana que tan solo se tienen a ellos para brindarse un cuidado y amor que se infiere negado casi desde su alumbramiento en un país que ven pasar por la pantalla de un viejo televisor y que tampoco parece ofrecerles gran cosa.

De hecho, ese mismo país de carros bomba, masacres paramilitares y procesos de paz fallidos es otro gran protagonista de esta cinta introspectiva que establece un importante puente emocional y analítico entre la historia de Felipe y su familia, con la de un país igual o peor de desquebrajado.

Felipe y Vicky viendo televisión en la película. Foto: Pablo Triana.

Felipe reconstruye las huellas de su historia siguiendo los pasos de su mamá, desde un barrio de clase media baja, como él mismo lo describe, hasta los barrios de ricos donde funge como manicurista. Pero a través de esos mismos pasos, también va deshilvanando las golpizas y malos tratos a los que Vicky (así la llama Felipe), los sometía a él y a Adriana cuando pequeños, por no entender ni soportar por qué ella no podía ser como esas señoras casadas a las que tanto respetaba y como las que tanto añoraba ser.

Pero antes de caer en juicios apresurados contra Vicky o Jorge, vale la pena atender a una escena del documental en el que esta manicurista hacendosa le señala, en medio de su recorrido, a su hijo un colegio en el que siempre quiso poner a estudiar a su hija en el norte de Bogotá, por donde pasaba todos los días a partirse el lomo de sol a sol para lograrlo, y sin embargo, la respuesta que siempre obtuvo por parte del consejo directivo del colegio, fue que su hija no era bienvenida a esa prestigiosa institución por venir de un hogar fragmentado con la figura de un padre ausente. Ese colegio no era para ella ni para su hija, allí los sacros valores y tradiciones como la familia eran respetados y tomados muy en serio. Esa gloriosa institución, no era una institución cualquiera, era un colegio para gente de bien.

Jorge viendo en pantalla gigante el triunfo del NO en el plebiscito. Foto: Pablo Triana.

Y así, escenas como estas y muchas otras, alternadas con cuadros de la vida nacional como cuando el ‘No’ ganó en las urnas cuando se le preguntó al país si querían que la guerra con las FARC se acabara o no; y la presencia casi espectral, pero siempre omnipresente de la religión en cada uno de estos asuntos, deja ver que como bien explica Jorge al final de la cinta, cuando las luces se encienden y me le acerco para hacerle algunas preguntas, que si lograr la reconciliación en algo tan pequeño como lo es una familia, en este caso la suya, es casi imposible, imagínese cómo será reconciliar a todo un país en donde cada quien quiere hacer lo que le parece e imponérselo al otro.

Una película cruda, pero a la vez de una calidez impresionante que con una gramática sencilla pero eficaz devela con gran lucidez la violencia estructural de un Estado inequitativo que, a su vez, se vuelve replicador y productor de otras pequeñas violencias como la de Vicky con sus hijos, quien sin tener los recursos ni medios para construir unos marcos de referencia o elementos de juicio que le permitieran procesar toda esta avalancha de violencias simbólicas que la atraviesan como miles de agujas clavadas en un costurero de cojín, se fractura como un cántaro que ya no aguanta más, así como lo hizo su marido, pero de otra manera, como cuando optó por evadirse de toda realidad impuesta que no fuera la suya, como resultado de ese estado anómico que le produjo darse cuenta de la gran farsa que resultan esas reglas y normas hechas por un grupo de privilegio para el beneficio propio y la negación sistematizada de las oportunidades, para todos aquellos que estén por debajo, de alcanzar el potencial máximo de sus posibilidades tanto físicas como somáticas.