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Centro de Divulgación y Medios
Notas de Prensa

Factoría Heliográfica, un proyecto artístico per se más allá de la luz

Por: Pablo Enrique Triana Ballesteros

La Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, en su Ciclo de Conferencias de las Artes, presentó el pasado jueves 29 de agosto a Martí Llorens y Rebecca Mutell, quienes hablaron de la memoria, el espacio y el tiempo como afluentes de los que, constantemente, bebe la producción artística, a través de su proyecto Centro Cultural Factoría Heliográfica.

Martí Llorens y Rebecca Mutell, un par de fotógrafos que conciben su oficio como una resonancia del tiempo, narraron —ante una audiencia que colmó el auditorio Ángela Guzmán del edificio SINDU de la Facultad de Artes— la historia de cómo nació y se configuró su espacio de trabajo y creación: Casa fábrica can 60 en Barcelona, así como de todas las vicisitudes y retos que han atravesado, y que aún enfrentan, para no solo preservar sino, también, rescatar la memoria obrera de la ciudad ibérica por medio de su arte.

La Factoría Heliográfica Can 60 (can significa casa en catalán) es una institución privada sin ánimo de lucro, ubicada en una extinta fábrica textil del siglo XIX en el barrio El Raval de Barcelona, de origen de inmigrantes, también conocido como el Barrio Chino.

Rebecca Mutell y Martí Llorens explican el sentido de Factoría Heliográfica en entrevista para el Centro de Divulgación y Medios. Foto: Arthur Tafur

Tanto Llorens como Mutell resaltan el hecho de que Raval significa “espacio al margen”. Y este no es un dato menor, ya que el espacio se configura como un elemento neurálgico en la visión y labor de estos dos fotógrafos y de su equipo de trabajo.

“Tendemos un poco a pensar en la fotografía de ciudad en términos de monumentos o de gentes por épocas, o de estructura de ciudad, y la idea es buscar otro tipo de imágenes que no están tan contextualizadas, pero que sí están generadas desde la ciudad. Ese es el sentido de la memoria visual que buscamos”, explicó Mutell durante una entrevista otorgada al Centro de Divulgación y Medios de la Facultad de Artes.

Luego de que un comerciante suizo-alemán comprara la antigua fábrica y el complejo de viviendas adyacentes (residencias en las que vivían los obreros de la manufactura) para derrumbarlas y construir apartamentos de lujo, los actuales habitantes se unieron para protestar y solicitar al ayuntamiento de la ciudad que tomara cartas en el asunto.

Fue así, como, luego de muchas manifestaciones y luchas, la entidad pública atendió a la voz de estos ciudadanos y compró el complejo con el fin de salvaguardar el patrimonio histórico de Barcelona y, de esta manera, encomendó a la Factoría Heliográfica la tarea de realizar proyectos que enfilaran su norte hacia dicha gesta.

Muestras del trabajo de Factoría Heliográfica en la ciudad de Barcelona” Foto: Pablo Triana.

Este grupo de fotógrafos comenzó a pensar y a reconfigurar el espacio en el que ya habitaban como un proyecto integrador que no solo fuera un museo o un laboratorio creativo, o un taller de fotografía o un centro histórico o una gran biblioteca, sino todas estas cosas y ninguna a la vez, al mejor estilo de la dialéctica hegeliana.

Ubicarse en la parte en la que lo hacen y tener su centro de operaciones en un antiguo complejo obrero, podría decirse que es el pulso que irriga todo el sistema circulatorio de ese vasto cuerpo que es el sueño que comparten tanto Mutell como Llorens.

Con 2.869 piezas de colección —que, a diferencia de un museo convencional, no solo son de exhibición, sino que además, muchas de ellas son las cámaras y equipos que cotidianamente usan para la realización de su labor—, 3.128 libros y 69.792 imágenes de archivo, Casa Fábrica Can 60 es mucho más que un museo, una biblioteca o un centro histórico documental.

Y si a esto se le suma, además, los proyectos y la experiencia docente e investigativa de sus integrantes —entre los que, aparte de los ya mencionados, también se cuentan Lara Amat y Raphel Forga— puede vislumbrarse no solo lo ambicioso de este espacio como obra de arte en sí mismo, sino su potencialidad.

Por esto, es tan difícil definir la labor que realizan este grupo de artistas e investigadores, pero, justamente, en ello también estriba su contingencia.

Rebecca Mutell y Martí Llorens expusieron su proyecto ante el auditorio Ángela Guzmán completamente colmado. Foto: Pablo Triana, Centro de Divulgación y Medios.

“Ahí está nuestra fuerza, en la unión de pequeñas piezas que finalmente se convierten en una pieza total. Es la potencia pero, también, es un peligro porque en realidad también pasa que te puedes dispersar mucho. Entonces, lo ideal sería crear un gran proyecto que esté consolidado; más las ganas de colaborar con mucha gente y que pueda crecer no solamente en actividades, sino también en personal y que haya más manos y, por tanto, más mentes y muchas más capacidades que puedan unir esas ramas de investigación, docencia, experimentación y creación”, complementan Mutell y Llorens.

En cuanto a los proyectos que actualmente adelanta este grupo de artistas, hay uno en particular, que bien podría resumir la esencia de todo lo que es y hace la Factoría Heliográfica: buscar el rastro histórico, arquitectónico y cultural de una Barcelona que antaño sepultó, por medio de calotipos, y esto no es otra cosa que fotografiar algo que ya no existe ni se ve, tal como el mismo Llorens lo dice.

“La fotografía es un medio técnico que emplea lentes y su materia de trabajo es la luz. Así que con la fotografía vemos cosas que con nuestros ojos no. Por ejemplo, con los telescopios vemos planetas, estrellas que con los ojos no podríamos. Por eso, lo que me interesa es emplear este medio al servicio de la creación y, de este modo, hacer ver lo invisible. Es algo que retomo para reflexionar sobre ese espacio urbano. Las murallas (de Barcelona) ya no están, pero el rastro urbano que dejaron pervive, ves las calles que circunvalaban la ciudad. Por eso, esas calles se siguen llamando rondas: Ronda de San Antonio, Ronda de San Pedro, Ronda del Portal Nuevo, que corresponden a los antiguos nombres de los baluartes. El terreno cambia de cota y si excavamos (en algunos tramos) seguro salen los cimientos; entonces, esa mezcla de historia, de rastro, es lo que busco”, apunta Llorens.

Rescatar la memoria obrera de la ciudad de Barcelona por medio de su arte es uno de los objetivos del proyecto de Mutell y Llorens.

Y así, como si se tratara de alguna suerte de cazadores de luces invisibles —como rastros de luciérnagas fantasmales en la oscuridad de la noche de la historia catalana—, estos artistas hacen honor al nombre de su aventura y, como si fueran un espejo enamorado del eterno sol, insisten en reflejar sus rayos para registrar la duración e intensidad de insolación de esta fugacidad llamada humano.