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Notas de Prensa

En cuarentena, la adrenalina es salir de casa

Por: Ronald Ojeda Cardozo*

Primera salida: el mercado

Llevo varios días sin salir de mi casa, ya no recuerdo bien cuántos son; tal vez, 23. Hoy voy a salir porque se me acabó el mercado, y quiero recorrer un poco las calles del barrio, aunque sean las dos cuadritas de las tiendas. Guardo el splash de alcohol glicerinado en el bolsillo de la chaqueta, me pongo los guantes de látex negro y el tapabocas de tela que compre en la Séptima el último viernes de normalidad.

Recuerdo ese 20 de marzo, hizo una tarde soleada. A las 3:00 p.m. salí del trabajo, y cuando me despedí de mi jefa y compañeros(as) sentí que tal vez no los volvería a ver, aunque hasta ese día creíamos que lo que iba a pasar en Bogotá durante ese puente era solo un simulacro de cuarentena y que el martes regresaríamos. Aunque, realmente, yo sentía que cualquiera de nosotros podía morir ese fin de semana y quise abrazarlos, pero eso ya estaba prohibido; quise tocarlos, pero tampoco se podía, así que —dándome varios golpes con el puño cerrado en el pecho y en el lado del corazón, y viéndolos directamente a los ojos— me despedí y caminé hasta mi casa. Porque disfruto caminar, caminar y pensar, y sabía que no iba a poder disfrutar de una caminata tan larga durante ese puente. Aún no sabía —hasta el día en que escribo esto— que el hecho de no poder hacer una caminata larga y tranquila se extendería por 74 días y quién sabe cuántos más. Desde la Nacional cogí por la 26 hasta el centro. Cuando llegué a la Séptima todo era un carnaval como de costumbre, y la gente caminaba con prisa, había más ruido de lo habitual; cada diez pasos alguien vendía tapabocas de todo tipo, gel antibacterial, protectores faciales de acetato, etc. Yo compré mi tapabocas de tela lavable negro, con estampado de calaveras.

Al salir del conjunto en el que vivo, lo primero que veo son las casas de la cuadra del frente con trapos rojos en sus ventanas, puertas y terrazas; sigo subiendo por la iglesia de Belén a buscar las tiendas, y las gafas se me han nublado, el tapabocas me devuelve al rostro cada bocanada de respiración, nublando los lentes de mis gafas. Lo único que reconozco son los trapos rojos que cada vez son más. Entro a la primera tienda con dificultad, escojo la cebolla, los tomates, el zapallo. ¡Que no me falte el zapallo!, paso a la siguiente tienda, y escogiendo las papas se me caen las gafas al piso, ¡mierdaa!… Las recojo del piso con dificultad, se me enredan en los guantes, me las pongo y me quedan torcidas, ojalá nadie con Covid-19 haya pisado este suelo o si no la bacteria se me puede entrar por los ojos y paila.

Luego, paso a la panadería, pero sacar la plata del bolsillo con los guantes no es fácil, se me enreda el guante en el bolsillo y se me zafa…, al fin puedo pagar, ahora a sacar el splash; me limpio las manos con alcohol glicerinado cada vez que pago algo… Termino mi recorrido en la carnicería comprando cerdo y queso. He estado pensando en volverme vegetariano, porque si el virus se desató por comer carne de animal, ¿por qué putas yo sigo comiendo carne? Pero no sé si sea capaz de dejarla, en realidad, es muy rica.

Al bajar de Belén para regresar a mi casa, llevo mi maleta pesada de comida, por un lado se salen los gajos de cebolla, y en cada mano llevo una bolsa. Me entra un sentimiento extraño, porque todos los trapos rojos que adornan las aceras —a lado y lado de mi camino— indican que dentro de esas casas hay una familia con hambre, mientras yo voy con las gafas nubladas y con mucho peso. No soy rico, pero la pandemia me cogió con trabajo, ahora teletrabajo (si no tuviera este teletrabajo, de mi ventana pendería un trapo rojo); sigo mi camino, yo esta noche tendré qué comer, pero muchos de mis vecinos tendrán hambre y, aun así, no fui capaz de golpear en ninguna puerta y regalar parte de mi mercado. ¡Soy un mal hombre!, suspiro con tristeza.

Segunda salida: el cajero

Ya llevamos más de un mes en confinamiento y el mercado y la plata se me acabaron: Pero, ya me pagaron por mi trabajo, entonces, voy a salir a retirar plata en el cajero para hacer más mercado y consignarle a la dueña del apartamento lo del arriendo. Guardo mi splash de alcohol glicerinado para limpiar las teclas del cajero antes de tocarlo, me pongo el tapabocas, uno termosellado, el de tela con estampado de calaveras ya no lo uso —de tanto lavarlo se motoseó por dentro—. Salgo a buscar el cajero más cercano a mi hogar, que es uno que queda a la entrada del Batallón Guardia Presidencial, pero no me dejan pasar, la Casa de Nariño está rodeada por rejas, mallas y soldados.

Así que me toca ir a uno que queda por Las Aguas, en la cuarta con Jiménez; bueno, no quería ir tan lejos, pero tocó. Camino por las calles de La Candelaria y están vacías, limpias, puras, no huele a diésel tostado, ni hay humo negro en cada esquina. Los árboles se ven más verdes y se ven más pájaros, siento paz y tranquilidad, ¡que bella es mi ciudad! Me dedico a tomar fotos para poner más tarde, de desparche, en las redes sociales, ya me imagino los numerales #pandemia, #soledad, #belleza, #newromantics. Llego al cajero, todo está muy solo, si alguien se aparece y quisiera robarme muy bien pudiera hacerlo; una amiga me contó que en la panadería de su barrio estaban robando, la otra tarde, personas que decían tener hambre.

Entro al cajero, lo desinfecto y retiro el dinero para vivir una semana, más lo del arriendo. Cuando me doy la vuelta, justo en frente mío tengo a un hombre mayor que, con una mueca y un grito desesperado, me pide plata. Yo me asusto y él se da cuenta, me dice que tranquilo, que no es ladrón, que no me va a robar, pero que le regale plata. Pero, todos los billetes que me dio el cajero son de 50, yo trato de evadirlo pero él me sigue, es cojo, grita que a su barrio no han llegado las ayudas del gobierno. Yo esculco en mis bolsillos y encuentro un billete de 5, extiendo la mano y se lo doy, él se pone feliz y con una venia me agradece, diciendo que si encuentra una panadería abierta se compra un tamal, que desde ayer por la mañana no come nada.

Yo miro alrededor y, ahora, hay muchas más personas. Hombres, flacos como yo, con sus rostros ocultos en el tapabocas, me miran, yo siento miedo, se habrán dado cuenta que salí del cajero. ¡Dios, qué susto!, camino raídamente a buscar el banco para depositar la plata del arriendo, porque si me roban que me roben lo del mercado, pero no lo del arriendo; así que camino fatigado por las calles del centro hasta llegar al banco. En la fila somos tres personas a un metro y medio de distancia, consigno el dinero y me pasan un esfero para firmar, ummm…, cuántas personas habrán cogido este esfero; de ahora en adelante, además del splash con alcohol glicerinado, voy a salir con mi proprio esfero.

Sábado, 3:17 p.m. #pandemia #soledad #belleza #atardecer #newromantics Foto: Ronald Ojeda Cardozo.

Tercera salida: la distracción

Es el día 52 y he estado sobrio, tan sobrio que ya me han dado hasta ganas de tener sexo, siento una piquiña en el alma y en el cuerpo que no me da sosiego, que me mantiene inquieto y de mal genio. Ya llevo varios días así y hoy es sábado y está soleado, como para un picnic. Esa idea imposible del picnic con amigos y amigas en el pasto de la U bajo el sol, comiendo manzanas, jamón, queso, con un vino y leyendo poesía, aumenta mi tristeza y mi desespero; así que, sin pensarlo, me pongo el tapabocas y guardo el splash de alcohol glicerinado. Ya no uso los guantes de látex, me parece que pueden atraer más bacterias. Sin pensarlo más, me dirijo a buscar algo de porro, fumar un poco calmará mi ansiedad y también mi lívido, me pondrá feliz un buen rato, olvidándome de que la muerte camina por el barrio (aunque la verdad es que siempre lo ha hecho).

Salgo del apartamento, abro la puerta a escondidas de mi mamá, la puerta chirrea…, qué para dónde voy, me pregunta. Yo le digo que a comprar pan, que no duro la semana el que había comprado el lunes —ella sí que no se ha asomado ni a la ventana desde que comenzó todo esto—. Salgo y voy afanado hasta el parque Santander, nunca en la vida he comprado porro ahí, me da desconfianza porque, desde que ese negocio lo cogieron los venezolanos, se volvió una olla refea y hasta peligrosa. Ahí, a plenas puertas del Museo del Oro y a espaldas del Banco de la República, debajo del general Santander, a quién siempre he respetado por aquello de haberse inventado el sistema de educación pública en el país.

Usualmente, cuando compro, me lo lleva a domicilio otro hermano venezolano, pero lo llamé ayer y no viene hasta acá; yo siempre me encuentro con él en casa de un amigo en Chapinero. Además, está cobrando carísimo, lo que normalmente cuesta 10.000 pesos con domicilio y todo, hoy me costaría 50.000 pesos. Así que decidí ir al parque Santander a ver si consigo algo. Como ya han abierto comercio y acá en el centro hay muchos vendedores ambulantes, puede ser que haya alguien por ahí. Cuando llegué al parque, apenas me adentré en él, sentí el pisquero en el aire, pero había varios policías hombres y mujeres requisando y pidiendo papeles a un grupo como de 10 skaters; así que me desvié.

Sin embargo, un mansito moreno, guapo y sin tapabocas, alcanzó a ver mis intenciones y abriendo sus ojos muy grandes y dándose un golpe con el índice en la cabeza, me hizo entender que él tenía lo que yo buscaba. Así que suavemente asentí y se fue detrás mío. Ya lejos de la policía, le pregunté si tenía moño y, con acento venezolano, me contestó que solo armados; le pregunté qué a cómo, me contestó que a 4 lukas el porro, y yo le dije que me los dejará a 3 lukas para llevarle 5. Él dijo que sí y sacó de su media una bolsa transparente como con 50 porros armados y me dio los 5 que le pedí. Yo le entregué la plata, le pedí candela y prendí uno, los otros cuatro me los guardé entre los calzoncillos.

Seguí caminando al oriente, buscando la 5ª hasta encontrar el eje ambiental, y por ahí, subir hasta la 3ª mientras me fumaba el porro, y ¡hey, qué locura!, me cogió rápido, sentía que el cerro de Guadalupe se me venía encima, y una sonrisa se dibujó en mi rostro y en mi alma. Observé un perro callejero de color negro que buscaba qué comer en una basura esparcida por el piso, vi la danza romántica de un zuro hacia una paloma… Unas cuadras más allá, me entró la paranoia, me acabé de fumar algo que alguien que desconozco pegó con su saliva, sacó de su media, manipuló con sus dedos; ¿Se habría bañado las manos?, ¿cuántas personas más tocaron ese porro? ¡Por Dios!!!, ahora tengo que esperar 14 días para saber si me contagié con la saliva del jíbaro o no. De regreso a mi barrio, compré 5.000 pesos de pan y al volver a casa, mi mamá me preguntó que porqué me había demorado tanto; yo le dije que porque había mucha fila en la panadería, que era más larga por el metro de distancia entre uno y otro, pero ella no se comió el cuento.

Ya en la noche, desbaraté los porros y los pegué en unos cueros que saqué de unos cigarrillos Piel Roja para no fumar saliva ajena; apagué la luz, me puse los audífonos, abrí la ventana, me eché en la alfombra, viendo el cielo y la luna, mientras el humo se elevaba y yo escuchaba la sinfonía del nuevo mundo de Dvorak. Por fin, tuve mi momento de distracción y tranquilidad. Al rato me quedé dormido.

* Autor: Ronald Ojeda Cardozo, egresado de la Escuela de Cine y Televisión de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia.