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Notas de Prensa

Sobre la continuidad de los estudios universitarios en tiempos de pandemia

Una propuesta pedagógica

Por: Miguel Huertas

Apreciados colegas:

En este momento, soy, esencialmente, un profesor que se hace preguntas sobre la incertidumbre.

Atentamente me dirijo a ustedes, que están en cargos de autoridad académico- administrativa y, por lo tanto, les cabe la responsabilidad de tomar decisiones en relación con la continuidad de los estudios universitarios en tiempos de absoluta anormalidad en la vida social. A lo mejor, contenga algún aporte que les pueda servir de apoyo en esa no envidiable situación en la que —adicionalmente— se estarán sintiendo bastante solos.

En primer lugar, explico que no contestaré la consulta adelantada por formulario Excel, porque no sé cómo contestarla. Si se toman medidas genéricas a las que deba someter el desarrollo de esos cursos, las acataré. De otro lado, este escrito contiene una propuesta seguramente más intuida que decantada. Se relaciona con el intento de responder a la necesidad de construir una imagen de la actualidad, tarea que la reflexión nos revela como imposible. El papel del historiador —nos dice Löwy, hablando de Benjamin— es predecir el presente, porque no conocemos el presente, porque por naturaleza es incognoscible. ¿Cómo podemos saber lo que realmente pasa en el mundo en este momento? Solamente lo sabremos con retraso. Como mucho, podemos intuir, podemos inferir una imagen y tomar el riesgo de actuar.

Ustedes tienen que decidir sobre el presente y el presente no se conoce. No pretendo dar consejos a nadie, pero como profesor supongo que la primera cosa a tener en cuenta es la incertidumbre. Ahora bien, legislar para la incertidumbre es un primer paso, muy diferente al de suponer que, por encuestas, cálculos matemáticos, estadísticas o cualquier otra ilusión, podemos conocer lo que sucede.

Una persona enferma, en el período previo, puede no sentir nada muy especial, pero, a pesar de los cuidados, a pesar de los deseos, a pesar de la oportunidad o no de ello, un día debe ir a una cita médica para saber qué le pasa y eso solo lo sabrá una vez haga exámenes, intente tratamientos. Porque el presente solo podemos conocerlo con retraso. Ni toda la ciencia del mundo ni todo nuestro cuidado, ni todos nuestros deseos, ni nuestros méritos, nada nos dará una imagen cabal del presente.

No podemos eliminar la incertidumbre como variable. De hecho, todo análisis puede llevarnos a considerar que es la única de las variables que no podrá ser eliminada, que ella es el núcleo sobre el cual podremos construir algún tipo de decisión adecuada.

Supongamos que esa persona tuvo que llegar hasta una sala de cuidado intensivo. ¿Sucedió algo más en ese lugar?, ¿un contagio de Covid-19, por ejemplo? Las clínicas extremaron todas las precauciones, pero, ¿alguien puede garantizar que no sucedió? No. Nadie puede garantizar eso. La propia OMS, en sus recomendaciones, dice, al final: recuerde que el riesgo no puede ser eliminado, se trata de hacerlo más improbable.

Así las cosas, este profesor se pregunta cómo actuar en tiempos de incertidumbre. Pero, pensándolo, encuentra que las cosas van aún más lejos.

Uno de los comentarios corrientes en estos días es el de que “todo cambiará”. Incluso, hay quienes dicen que nada volverá a ser igual que antes. Quisiera creer eso, pero no tengo la confianza en los seres humanos, que ese pensamiento requiere. Sin embargo, sí podemos constatar que el estado de emergencia puede y debe significar en sí mismo un paradigma diferente.

Pienso en los análisis que hace, por ejemplo, Eliade sobre el ritual y acciones relacionadas con él, como el carnaval. El carnaval, dada su naturaleza de reconectar con el tiempo original, el tiempo sin tiempo, desmonta todas las leyes humanas, desjerarquiza radicalmente y pone en suspenso el orden humano normal. Eso es anormalidad. Eso es lo que autorizó a la reina del Carnaval de Barranquilla en 2018 a leer en público un bando que en una de sus frases dice: “mientras yo sea Reina, esto no lo para ni el Código de Policía”. O que en Riosucio se nombre una junta de gobierno y se entregue la población al poder de un diablo en tiempos de carnaval.

Solamente una lógica tal permitía que, en la Edad Media europea, durante la danza de la muerte, un personaje ataviado con los atributos de la muerte sacara a bailar a los dignatarios del pueblo y les gritara todo lo que la gente callaba, cosas que en otro momento le costarían caro, incluso la muerte.

Una emergencia implica el desafío de pensar de otra forma. No de tratar de mantener la misma lógica a toda costa. Porque las circunstancias no son las mismas. Estamos en estado de detención domiciliaria. No es elegible. No estábamos preparados para eso. No tenemos la estructura social que permita que ese estado sea equitativo para todos. Se ordenó virtualizar los cursos en todo el país, independientemente de hasta qué punto las materias de las que trataran fueran virtualizables; sin tener ni siquiera un censo de cuántos estudiantes tienen los equipos mínimos necesarios.

Toda la población estudiantil, que no existe solo para cumplir los requisitos mínimos de unas asignaturas, sino que están construyendo su identidad social, sexual, madurando, empezando a conocer un mundo fuera de las estrictas reglas de los colegios y familias, de pronto se encuentran frente a la prohibición de caminar, respirar aire más allá del límite del barrio, de visitar a sus amistades; confinados, aterrorizados por medidas draconianas, amenazados con multas, estigmatizados…, etc.

Y, en medio de todo esto, este profesor se pregunta: ¿Verdaderamente la pregunta más importante de la universidad es en qué fecha puede terminar este semestre?

Por los años 50, J. E. Cirlot escribía un libro muy sugerente, El arte otro, que enfrentaba el desafío y la necesidad de demostrar el sentido de las recientes manifestaciones que se abrían campo en el arte occidental, manifestaciones que buscaban trascender el “peor de los crímenes”: la imitación, para recuperar elementos mucho más esenciales, perdidos en una maraña de retóricas comunicativas. Recuperar el oscuro mundo de la materia, de lo primigenio. A esa construcción de una lógica diferente, que pudiera mostrar lo que se había ocultado o perdido, que pasó a la historia convencional del arte con el rótulo de “Informalismo”, la llamó “el arte otro”, cuya “verdadera función parece ser la de establecer, precisamente, la paradójica identidad formal de lo informe”.

Esa otra lógica no es traducible, ni adaptable a los actuales códigos de policía ni, mucho menos, a los imperativos administrativos de los tiempos “normales”. Exige pensar de otra forma. Eso es difícil, a veces parece imposible, pero no tenemos otra alternativa; en eso consiste la emergencia.

Estos tiempos exigen una lógica otra. No podemos seguir forzando las cosas para tratar de obtener resultados como si no hubiera pasado nada. De ahí, no solamente no podremos extraer unas respuestas adecuadas, sino que —peor— habremos perdido, cuando volvamos a la “normalidad” (porque volveremos, de eso no hay ninguna duda), la ocasión valiosísima de haber aprendido algo y de haber iniciado un camino que nos lleve a otros lugares distintos a esa no muy deseable normalidad que hoy hemos perdido.

Uno de los ejercicios importantes que propongo en mi clase de “Dibujo I” fue tomado y desarrollado a partir de una propuesta de Rolf Abderhalden: dibujar las sensaciones actuales del cuerpo con los ojos cerrados. La primera dificultad consiste en que la mayoría de la gente asume que debe representar una cabeza como si fuera vista desde afuera; así, en los papeles aparecen figuras ovaladas con un intento de ojos, nariz, boca, como si un ojo externo nos mirara de frente. Algunas, hasta le incluyen rizos o pestañas.

Pero si el objetivo fuera dibujar con los ojos cerrados como si hubiera sido hecho con los ojos abiertos, el ejercicio sería una tontería. Si es por observar y representar, para eso existen los ojos. Bloquearlos no significaría más que un truco efectista.

Lo esencial de esto es que, al eliminar o limitar la visualidad, los otros canales de la percepción se abren y se encuentran otras realidades. Se establece una comunicación directa entre la sensación y la huella, sin pasar por el intelecto y se revela esa lógica otra que —de otro lado— siempre ha estado ahí, pero desapercibida. Es otro plano, otro paradigma. Si no logramos comprender que eso mismo es lo que estamos viviendo en este momento en la vida social, nos equivocamos gravemente: no podemos pretender que nuestros cursos se lleven a cabo en situación de excepcionalidad como si esa excepcionalidad no existiera.

El momento actual me exige pensar en el sentido de mi curso de “Dibujo I”, pensar en para qué estoy ahí, frente a una pequeña comunidad que aún no es tal, sino una agrupación, un grupo heterogéneo; representando a la Universidad y, más allá, al mundo del arte, a la tradición, a la innovación, a la historia.

Tengo que estar atento a ello, pero el 90% del grupo es un logotipo, una inicial sobre una pantalla negra. Unos documentos cargados con más o menos juicio en una carpeta de Drive. Sé, estoy absolutamente convencido de que, más allá de mi capacidad pedagógica, este curso requiere un mínimo de contacto físico. Con distancia, si es necesario; con medidas higiénicas, si es necesario; pero insoslayable. Estamos hablando de arte, estamos hablando de cuerpo, de presencia(s) y de interacción.

Sé bien que ninguno de los contenidos que comparto en este curso es una verdad absoluta. Sé que todos son traducibles, interpretables, transformables, y necesito de un tiempo de conversación que no me da el mosaico de pantallas negras de un aula virtual.

Pero más allá de todo esto, me pregunto —no es pregunta nueva, es la misma pregunta que me hago todos los días cuando me preparo para ir a la universidad a dictar mis cursos—: ¿La universidad existe para dictar cursos?, ¿verdaderamente nuestro papel como profesores es asistir a clases y reuniones?, ¿garantizar que ciertos contenidos sean enseñados? Las teorías pedagógicas que yo mismo enseño, proponen que es imposible enseñar y que la verdadera tarea es acompañar al estudiante que aprende.

Yo no me veo como una figura de control que, lista de verificación en mano, comprueba que el estudiante adquirió unos contenidos mínimos, demostró saber algo o repetir unos contenidos expresados en el programa calendario.

No veo por qué la pregunta más importante de una institución como la Universidad Nacional de Colombia sea cómo terminar el semestre y tratar de construir un estándar imposible que cobije a todas las disciplinas, todos los saberes, todos los procesos, todas las personas, todos los problemas.

He contestado encuestas en donde se me pregunta cuánto de mi curso se ha adelantado, cuánto falta, y se me pregunta otra vez. Perdónenme, no puedo responder esa pregunta, de hecho, permítanme ser sincero: es lo que menos me interesa. Mi pensamiento está ocupado en otras cuestiones más urgentes, todas en relación con mi quehacer pedagógico. He dicho que necesito un tiempo adicional cuando hayamos retornado a los campus en condiciones de presencialidad para poder terminar adecuadamente mi curso.

(Pongo en plural el término campus, ya que tuve que trasladar mis contenidos al Campus Santa Rosa y ahora los he tenido que trasladar al espacio virtual. ¿Cuántos traslados más se necesitan para que la universidad reconozca que estamos en situación de anormalidad?).

Pero, ante esa respuesta, se me contrapregunta: ¿Cuánto de presencialidad? Perdón, no sé, el que sea necesario. Al menos dos semanas, no creo que sea mucho pedir. Pero, —nuevo problema— dado que tengo más de 60 años —lo que hoy es casi un delito— la relativa flexibilización de la cuarentena no aplica para mí.

Tendría que trabajar con algún tipo de auxiliar docente. ¿Significa eso que la universidad estará dispuesta a contratar a alguna de las dos personas que mejor han conocido mi trabajo en esta asignatura en el programa docentes en formación, que ya se graduaron y no hacen parte de la estructura oficial de ella? Cada nueva solución es un nuevo problema. Todo porque seguimos empeñados en que somos capaces —sin que tengamos en realidad ninguna evidencia concreta de eso— de hacer nuestros cursos y semestres en el espacio virtual como si nada estuviera pasando.

Es muy sintomático que las preguntas que se me hacen están formuladas en un formato Excel que elimina de plano toda posibilidad de expresar mis dudas o matices. Solo puedo contestar sí o no; no puedo decir: más o menos, tal vez, en parte, habría que ver… Las casillas de comentarios no subsanan lo que no se puede decir.

Mi propuesta es sencilla. Sé que desde una lógica administrativa se me pueden argüir mil argumentos en contra, pero lo pienso como pedagogo. Porque no quiero —y me temo que terminaremos en eso— cerrar de cualquier forma, calificar con notas generales, etc.

Que la Universidad Nacional —o la Facultad de Artes, si se puede luchar eso— extienda el primer semestre de 2020 todo el tiempo que sea necesario. Un semestre es una unidad curricular, no un número de semanas. Ni un número de créditos, ni un numero de notas. Es una porción de vida académica y, como tal, no depende de ningún cálculo numérico.

Puedo seguir trabajando indefinidamente con este grupo. Las previsiones de las autoridades sanitarias señalan para la cuarentena períodos que van de semanas a meses; un año incluso. ¿Un semestre que duró año y medio? Sí, ¿por qué no? Un período en el que nos inventamos formas de trabajar lo que puede ser trabajado virtualmente, en el que nos inventamos formas de trabajar en conjunto con otros docentes, de trasladarnos de un grupo a otro, y si es el caso, de comunicarnos de maneras amplias con los grupos de estudiantes.

Una vez terminado este período excepcional, se podría perfectamente hacer un plan de transición, tablas de equivalencias en las que módulos realizados pueden hacer parte de asignaturas completas o parciales y una programación de asignaturas elegibles u obligatorias temporales en donde se articulen y/o complementen esos contenidos trabajados previamente. Así, los estudiantes reajustarían sus trayectos sin ningún traumatismo visible.

Considero perfectamente viable que, volviendo a la normalidad completa, se tengan semestres de solo taller, por ejemplo, o de solo electivas de ajuste, porque aspectos teóricos, políticos, reflexivos, fueron adelantados y se recuperarían para los espacios de taller que exigen presencialidad. Toda generación que vivió una reforma académica sabe lo que es eso: iniciaron estudios con un currículo pensado, decidido, estatuido, normatizado; pero ese dogma cambió (porque los tiempos anormales nos recuerdan que los dogmas pueden cambiar) y esa construcción monolítica dio paso a otra, sin solución de continuidad. De pronto, el panorama fue otro. La disciplina puede, no solamente cambiar, sino desaparecer. Los principios se reescriben y, de un día para otro (sí, el proceso es largo, pero el reglamento cambia solamente cuando un día, a una cierta hora se promulga otro que anula el anterior) se está en un nuevo paradigma. Y para los estudiantes nuevos, nada será igual a lo que está dejando de ser.

Los que quedaron en el intermedio, que se graduarán en un plan diferente del que empezaron, quedan situados en un lugar especial que se resuelve con un programa de transición y una tabla de equivalencias. En el lado izquierdo, lo cursado; en la columna derecha, lo nuevo, y se hace un cálculo que no es —no puede serlo— una ciencia exacta. Se ejerce un criterio pedagógico y de sentido común. Se dice: esta asignatura equivaldrá en el nuevo plan de estudios a esta, estas dos, combinadas, serán como…, etc. Y así, un nuevo paradigma se instala, se hace un relevo, se renueva la disciplina sin que eso represente una tragedia o la anulación de golpe de lo ya hecho.

Foto: Agencia de Noticias UN.

Un plan de estudios, una disciplina, un área del saber, no son teléfonos celulares: no están sujetos a la obsolescencia programada por los negociantes que los impusieron. Son aspectos de la vida, que se renueva cada vez que requiere rescatar de nuevo lo esencial que siempre estuvo ahí.

No entiendo por qué debo hacer ingentes esfuerzos para aparentar haber realizado un semestre normal, no veo por qué este semestre deba tener una fecha de vencimiento. No veo por qué la prioridad siga siendo rescatar el sistema administrativo. No entiendo por qué la universidad —el lugar de los sabios— no da la pelea política. Es que todo es político. Confinar a la gente para que se aplane una curva estadística no es una verdad inscrita en el orden natural; es una decisión política. Tener que elegir entre dar una unidad respiratoria a una persona mayor o a una joven no es una decisión científica ni matemática: es una decisión política. Que esa decisión la tome el médico, el director de la clínica, el ministro de salud, el presidente o el jefe de una corporación financiera es un problema político, no médico ni científico.

Las autoridades de la universidad deben tomar decisiones administrativas, estén preparadas para ello o no; es el lugar que aceptaron ocupar. Deberían saber con toda claridad que ese papel es político y que la lucha es política. Que luche por tomar las decisiones pedagógicas más adecuadas o no, es una decisión política; que luchen porque la comunidad deba obedecer los dictámenes del sistema oficial (académico, científico,) o que forme un saber y una conciencia profesionales de la mejor manera posible con los recursos disponibles, es otra. A mí, como profesor, me corresponde pensar en la responsabilidad que implica el contacto con una comunidad y unos objetos de estudio, que también son problemas políticos.

Termino describiendo, desde mi caso personal, cómo vislumbraría esa participación:

Soy profesor de dibujo por mi experticia personal, profesor del énfasis en Arte y Educación por la naturaleza de mi trabajo investigativo. De base, soy artista plástico y profesor, lo que me ha llevado a desempeñarme en asignaturas como Gramática del Arte, Pintura, Taller experimental, Trabajos de Grado. Cursé la Maestría en Historia y Teoría del Arte y el Doctorado en Arte, en la línea Estética y Crítica; soy profesor de maestrías de Creación y del Doctorado en Arte. Hice estudios no formales de grabado y, en relación con mis estudios teóricos, tengo una serie de propuestas políticas y reflexivas sobre la imagen seriada… No es de ninguna manera mi intención hacer de esto un listado pretencioso, se trata de mostrar que, en este abanico de cosas, hay muchos contenidos que puedo trabajar desde formatos virtuales con estudiantes, sin forzarlo hasta llegar a decir que un taller de artes pueda ser reducido al medio virtual únicamente.

Esos contenidos que puedo estructurar en módulos más o menos independientes, deseablemente en diálogo con otros profesores, lo que es perfectamente posible desde la virtualidad, pueden ser formulados y registrados con gran detalle, de manera que, en tiempos posteriores, podrían ser asimilados a módulos de cursos teóricos o componentes teóricos de talleres (taller introductorio, por ejemplo), asignaturas electivas o asignaturas teóricas.

No es difícil, me parece viable, práctico, relajado y riguroso.

Los grupos de estudiantes pueden diferenciarse muy fácilmente. Quienes ya pasaron el ciclo que va hasta octavo semestre tienen la tarea fundamental de proponer su proyecto de trabajo de grado. Un grupo colegiado de profesores puede acompañarlos. Los estudiantes de primero a tercer semestre se están introduciendo en la generalidad del programa y tienen mucho que conocer, explorar, indagar, pensar. Para ellos la oferta puede ser bastante grande a partir de módulos más o menos independientes.

El ciclo intermedio requeriría un estudio más detallado, pero me parece que el campo de trabajo de los más de 30 profesores asociados al programa es suficiente para construir una oferta adecuada. Luego, habrá tiempo para recoger lo que se hizo en realidad y organizar y complementar lo que haga falta para complementar adecuadamente su plan curricular.

Existe la ventaja adicional de que, ante la imposibilidad de realizar exámenes de admisión, un grupo de profesores, que hoy trabajamos con primer semestre, tenemos la posibilidad de apoyar procesos generales.

Espero haber sido suficientemente claro. Me excuso por la extensión –justificada, a mi juicio, por la importancia de los temas expuestos– y ofrezco mi disponibilidad para ampliar estos temas y para pensar alternativas pedagógicas (no administrativas ni economicistas) a la situación que estamos viviendo.

Atentamente,

Miguel Huertas

Profesor asociado de la Escuela de Artes Plásticas y Visuales