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Notas de Prensa

El hijo verificado del hombre

Por: Tania del Pilar Sanabria Forero*

Lo que advertía la industria cinematográfica y editorial de la ciencia ficción toma forma en nuestros tiempos: el vaticinio de una dinámica social reducida a la interacción virtual es hoy una realidad por momentos agobiante y desasosegada; en medio de este confinamiento, que es desde donde se escribe este ensayo y se resignifica El hijo del hombre —a manos de Jiovana Osorio Jácome— se hace urgente desentrañar la resignificación del elemento de identidad presente en la pintura de René Magritte, elementos que están presentes a lo largo de toda su obra y que son de especial importancia para el espíritu de la época a la que asistimos.

Es importante aclarar que en este ensayo se hará mención referencial, y no profundización, a la obra de Magritte. Por tanto, abordaré El hijo del hombre desde la perspectiva de Jiovana Osorio: su intención en óleo de poner sobre la mesa las nuevas inquietudes del ser humano (o al menos las mías) frente a la virtualización y la consecuente transformación de nuestra relación con el sí mismo, término acuñado por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung, así como algunos acercamientos a la propuesta de Jiovana en contraste con el trabajo de René.

Jiovana Osorio nació en Cartagena de Indias, vivió alrededor de una década en Bogotá y hace unos años regresó a La Heroica (como se le suele llamar a Cartagena). Ha dedicado su quehacer creativo a la dirección de arte para proyectos audiovisuales y a profundizar en la técnica del óleo. En la pintura es autodidacta, y hoy está catalogada como una de las mujeres referentes en su oficio.

La Pluma de la India, 2015. Óleo sobre tela. Autora: Jiovana Osorio Jácome. Fotografía: Jiovana Osorio Jácome

De su trabajo visual se destaca su participación en Déjala Morir, una de las series televisivas de mayor impacto en la idiosincrasia caribe en Colombia, en la que se relata la vida y obra de Juana Emilia Herrera García, conocida como la niña Emilia. La honestidad con que se presentó a la mítica Emilia convirtió la serie en parte fundamental del acervo emocional de la costa Caribe colombiana.

Pero, sería la labor pictórica la que me comenzaría a interesar de la artista. Inicié por rastrear el trazo de Jiovana Osorio a mediados de 2017, cuando la invité a participar en Cartagena Suena, evento que tuvo lugar en el bellísimo teatro Adolfo Mejía y en el que convergieron diferentes disciplinas artísticas; su exposición pictórica giró en torno a rostros femeninos del Caribe. Un cuadro, en especial, captó todo mi interés: Era la India Catalina en un fondo blanco; a cambio de una pluma de ave, que es como normalmente se le representa, tenía una pluma de metal, para escribir.

La pluma de la India indicaba el giro característico del significante en la obra de Jiovana, elemento que luego descubriría. El cuadro perfila una indígena bajo un uso premeditado de la espátula; Jiovana dibuja cuadrícula a cuadrícula las facciones de su retrato, dándole armonía a la geometría de un cuadrado.

La pluma de la India suscitó en mí un interés genuino por la técnica del óleo, el uso de la trementina y la paciencia que agencia. Jiovana invita a diferentes diálogos con las posibilidades del significado en contexto, al evocar a Catalina —la controversial india de las Indias— como una letrada fuera de su tiempo, a repensar la historia fuera de las posturas de vencedores o mártires, y solo como una insinuación de otras posibilidades del carácter de la India Catalina. No hay en esta pintura mejor insinuación que su ascetismo, de allí que el rango de interpretación sea tan amplio como explorable.

Algo parecido sucede con Magritte, y quizá más como posición estética que lo que sucede en la obra de Jiovana: ambos acuden a las formas humanas y a otros elementos vivos o inertes para proponer resignificaciones e interpretaciones de la identidad, diferentes a los establecidos. Jiovana, influenciada por el pop art, aterriza lo figurativo en un lenguaje realista que dialoga con las inquietudes de la sociedad contemporánea. Otros giros de la resignificación pueden leerse en El Banco de la República, serie que condensa esta propuesta de dialogar con los significantes, en general: el banco, el banquito, el butaco de la república, imagina Jiovana, deja de ser esa institución lacónica para convertirse en un asiento en el que descansan e interactúan diferentes personajes de la historia o del mundo.

El Banco de la República, 2018. Óleo sobre tela. Autora: Jiovana Osorio Jácome. Fotografía: Luis Grondona.

Así, en las todas posibilidades del lenguaje, Jiovana dialoga con El hijo del hombre, quizá la obra más conocida de Magritte. Lo hace intuyendo que la manzana, como otros elementos usados, es el velo de una identidad que no quiere ser expuesta, o bien, que busca codificarse: la identidad deja de ser una construcción espontánea y se convierte en una premeditación volcada hacia las necesidades estéticas y sociales de las redes sociales.

La pintura de Jiovana dialoga con el Magritte huérfano, en guardia contra todas las identificaciones, principalmente, de su propia esencia y la de su trabajo. A cambio de la manzana, coloca en El hijo del hombre el símbolo de la verificación de la identidad virtual, entity claiming, y dentro del círculo de En vivo, live: pone al día a René de las nuevas dinámicas de interacción social, en las que ya gravitan inexorablemente la exhibición de la identidad —real o ficticia—, y la necesidad de contacto aún en lo precario de lo que propone el sistema de nuestra época.

Entity claiming vs sí mismo

Más que un reproche a la virtualidad, El hijo verificado del hombre, de Jiovanna Osorio, coloca sobre la mesa un futuro bastante cercano en el que la identidad virtual —el chulo de aceptación— deja de ser un lujo para los famosos y se convierte en necesidad para navegar e interactuar virtualmente. Somos ahora seres humanos evaluados según el movimiento cualitativo de los algoritmos (lo que se puede llamar empatía, en la fisicalidad de las relaciones humanas). Este diálogo pictórico suscita varios interrogantes alrededor de la —no tan— novedad de la virtualidad. La pintura de Jiovana afina las voces de la incertidumbre: ¿cómo tramitar la virtualidad a la que nos somete esta época?, ¿hasta qué punto este artículo es un parte de resignación de los abrazos y la congregación?, ¿cómo pervive el arte sin la sinergia?, ¿cómo —en vez de cuándo— amanecerá?

El hijo verificado del hombre, título con el que he referenciado a la pintura de Jiovana, ha manifestado la inquietud acerca del devenir de nuestra especie. Parece dramático, suena abigarrado, pero nadie se escapa a la incertidumbre en el confinamiento: ¿Cómo cultivar un sí mismo, un ser autónomo, ahora que la virtualidad entra en nuestra esencia humana?, ¿cómo omitir los silencios y la corporalidad de su expresión sin que la comunicación (virtual) se lea incompleta?

El hijo verificado del hombre, 2020. Óleo sobre tela. Autora Jiovana Osorio Jácome. Fotografía: Jiovana Osorio Jácome.

He decidido conjurar la dualidad en la que vivimos (reales/virtuales), lo hago inspirada en el tiempo que se emplea en el secado del óleo, en el lavado de los pinceles, en el uso facultativo de la trementina. Más allá de la pintura ya exhibida (la imagen virtual premeditada) está su proceso de concepción. El acto en sí de pintar se parece al proceso de la escritura: ambos están revestidos de paciencia; muy seguramente, virtud que exige la vida frente a esta novedad: paciencia, porque esta transición que vivimos es prerrequisito y prólogo al nuevo mundo.

Algún día volveremos a encontrarnos en masa —más de 20, más de 100— y entonces sabremos si hemos cambiado y cómo nuestra esencia humana está transformada por la virtualidad; sabremos si congregarse hace la diferencia, o no. La pintura, como todas las artes, abre la puerta a las posibilidades de imaginar otros mundos a través de su diálogo y lenguaje. Imagen y escritura son elementos genéricos a la hora de interactuar virtualmente, y hoy más que nunca precisamos decidir cómo y en qué medida nos revelamos al universo virtual.

Es la noche del primero de mayo de 2020, y son alrededor de las diecinueve horas y veinte, veinticinco. Me asomo por la ventana y veo dos motorizados de la fuerza pública merodeando muy de cerca a tres personas que transitan empujando un coche para bebé. Prefiero no ver más, vuelvo a mi habitación y sigo escribiendo.

Pienso en Castor y Polux, su historia es también la de toda la humanidad: hemos sido artífices y ahora víctimas de la separación, hemos sofisticado todo nuestro sistema de creencias y conocimientos para llegar a Dios, a la unidad; somos musulmanes o católicos, del sur o del norte, y en el trayecto hemos hecho de la virtualidad la aparente cura: la virtualidad es hoy la condición innegociable de nuestra naturaleza humana.

* Autora: Tania del Pilar Sanabria Forero (Apilaresluz/Azeta Azeta) es viajera, abogada de la Universidad de Cartagena, periodista cultural, ensayista, amante de la poesía y maestranda en Escrituras Creativas de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, así como creadora de Irregular Variété, y cartagenera, mujer, humana.