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Notas de Prensa

Con acciones artísticas, un maestro del dibujo busca crear conciencia para conservar los ríos y demás recursos naturales

Por: Diana González

Su nombre es Dioscórides, docente de la Universidad Nacional de Colombia y un artista integral –dibujante, grabador, performer y escritor– comprometido con la vida, la enseñanza en la Escuela de Artes de la institución y las prácticas estéticas y corporales que aprendió en China hace muchos años. Hoy trabaja en un proyecto denominado “El camino de la anaconda”, con el que, mediante el arte y el simbolismo de los mitos, quiere llamar la atención sobre el cambio climático y la urgencia de descontaminar los ríos.

“Yo retomo un mito indígena, amazónico, como una especie de conjuro para realizar una acción ritual, gráfica, que intenta sanar las aguas de los ríos y crear conciencia de la importancia de mantenerlos y conservarlos, así como la selva, el bosque y toda biodiversidad”, explicó el profesor Dioscórides.

El profesor Dioscórides Pérez trabaja desde el año 2015 en el proyecto "El camino de la anaconda". Foto: cortesía María Cecilia Sánchez.

El mito al que se refiere el maestro pertenece a la tribu Desana, que habita en el Vaupés colombiano, y que según su cosmogonía relata el origen de los hijos de la anaconda ancestral. En este sentido, aseguró que “el mito cuenta que los primeros hombres bajaron del cielo en la barriga de una anaconda, que también era una canoa. La serpiente navegó río arriba y los dejó en medio de la selva para que levantaran maloca e hicieran gente serpiente”.

Según el maestro Dioscórides, su “camino de la anaconda” empezó en el año 2015 en el río Vaupés, cuando estuvo allí entregando a los Desana su libro de dibujos Los cantos del chamán, inspirado en sus mitos y ritos. Después de la entrega y basado en el mito de la serpiente, él dibujó y arrojó la primera anaconda.

Sin embargo, ese mito no fue tomado tal cual, sino que, en su intento por volcar la atención local, nacional e incluso global hacia las problemáticas medioambientales, lo adaptó con su mirada de artista y lo materializó en dibujos hechos sobre papel de seda con tinta china.

“El dibujo ondulante de la anaconda –inspirado en las que aparecen en el arte rupestre amazónico– mide entre 5 y 6 metros, y desde mi interpretación tiene ahora seis estómagos y no uno solo como relata el mito. Yo empiezo por dibujar el sol, la luna y las estrellas. Desde allí surge la cabeza de la serpiente, que trae en el cuello la energía cósmica; en el pecho, los dioses y los espíritus; en el estómago, los hombres; después los animales; luego vienen las semillas, y en la cola los signos y símbolos, que son el origen de la palabra y las imágenes”, relató.

Mediante el arte y el simbolismo de los mitos, el artista busca llamar la atención sobre el cambio climático y la urgencia de descontaminar los ríos. Foto: cortesía María Cecilia Sánchez.

Estas serpientes son dibujadas por el profesor Dioscórides siempre a la orilla de un río en una acción ritual de invocación de la energía cósmica sobre el dibujo. Inmediatamente, él entra al agua las arroja al río para que la corriente se las lleve. Su idea es que al arrojar el dibujo, cargado de la energía celeste y de su aliento vital, las serpientes cobran vida y sanan las aguas.

Al respecto, mencionó: “la primera serpiente la dibujé sobre el vientre de una canoa a la orilla del río Vaupés. Luego, contraté un indígena para que me llevara hasta el centro del río y allí la solté, en medio de la selva reflejada en sus aguas. Ella se fue yendo hasta donde el río termina y se une con el cielo. Entonces, apareció en el horizonte el arcoíris. Fue algo muy bonito, porque era la aprobación de la naturaleza hacia ese trabajo”.

Esta acción de dibujos rituales, talismanes, la ha realizado en diferentes ríos de Colombia y algunos del extranjero, como en Brasil, Argentina, Chile y Francia. “Hasta ahora he dibujado y arrojado más de treinta y cinco serpientes en papel. En Francia no se pudo arrojar en papel. Entonces, la dibujé sobre tela de seda, la amarré con una cabuya, la metí en el río Sena y dejé que la serpiente nadara un rato en sus aguas. Luego, la recuperé, se expuso en París y después en el Museo de Arte de Pereira. También, dibujé otra en tela en una performance realizada en la Facultad de Artes de la UNAM, en México, que llevé hasta La Pirámide de la Luna en Teotihuacán para hacer un nudo simbólico entre la anaconda amazónica y la serpiente emplumada”, argumentó.

Aunque la mayoría de serpientes posee esas características, también las dibuja en arepas o tortillas, pero siempre con el mismo fin: alertar sobre el peligro y las consecuencias de no preservar los ríos, de no recuperarlos, de no prestar atención al daño que el ser humano ejerce sobre el planeta.

Las serpientes son dibujadas por el profesor en una acción ritual de invocación de la energía cósmica sobre el dibujo. Foto: cortesía María Cecilia Sánchez.

“El año pasado, en el Salón Regional de Artistas que hubo en Pereira decidí cambiar el papel por un material tradicional, también simbólico. Dibujé serpientes sobre arepas de maíz amarillo y las arrojé al río para que sanaran las aguas y sirvieran de alimento a los peces. Y en el último viaje que hice con mis estudiantes para trabajar land art en el desierto de La Tatacoa, llevé tortillas de harina y dibujé 18 serpientes sobre la arena. Después, fuimos todos al río Magdalena, navegamos un trayecto y las fui arrojando a la corriente”, manifestó el profesor.

Así mismo, explicó que la serpiente concentra, real y simbólicamente, la energía obtenida en las prácticas del taichí, los rezos y soplos chamánicos que ha recibido, todo como una especie de preparación del cuerpo y el espíritu que invoca antes de empezar a dibujar. Sin embargo, según dijo, los dibujos de las anacondas no son fieles retratos de serpientes sino trazos de tinta vivificados con el aliento vital, a partir de los cuales surgen las figuras internas que llenan sus estómagos.

Sobre este particular, explicó: “El cuerpo de la anaconda es un símbolo ondulante, trazado con una especie de caligrafía automática. Los trazos que llenan sus seis estómagos no son exactamente dibujos sino una serie de signos cercanos a la pintura rupestre, a la vez lejanos, una escritura propia. Puedo decir que yo no sé lo que estoy escribiendo, pues dibujo con un pincel de plumas de loro que fabricó mi mujer en Pereira. Ese pincel tiene el espíritu de esas aves, que vuelan alto y rápido pero que alborotan y cambian de dirección sorpresivamente. Así, cuando intento trazar una línea, pienso en una imagen, pero la línea no sucede exactamente como quiero porque la pluma echa para cualquier lado. Por eso, mis dibujos de anaconda tienen también el espíritu del viento y el canto de alerta de las aves”.

Sus serpientes son, según el profesor, caligrafía y dibujo, energía y aliento tomados del taichí, así como la expresión del desapego aprendida del budismo. Foto: cortesía Dioscórides Pérez.

Para finalizar, dijo que sus serpientes son caligrafía y dibujo, energía y aliento tomados del taichí, así como la expresión del desapego aprendida del budismo. Son su manera de alzar la voz, de insistir en señalar la importancia vital del agua y la urgencia de luchar por ella. Pero son también sus huellas de artista, trazos que se deshacen en el agua y aliento que impregna los ríos y el viento, los cuales expanden por doquier sus formas dibujadas.

“He invertido mucho tiempo y recorrido mucho paisaje de Colombia y el exterior para dibujar mis anacondas y experimentar el desprendimiento como obra de arte. Este proyecto continúa, quizá por siempre porque la defensa del líquido vital no puede parar”, declaró el maestro al Centro de Divulgación y Medios de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, recalcando que, no obstante, su mejor obra fue, es y seguirá siendo la docencia, la cual imparte en su alma máter hace ya 40 años.