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El pasado 5 de enero falleció este virtuoso de la música académica colombiana, ampliamente reconocido como uno de los más grandes maestros musicales del país. Pero no solo fue músico, compositor, arreglista, director de orquesta, también fue un pedagogo comprometido con sus clases y sus alumnos. Fue grande y, a la vez, sencillo pero exigente consigo y con sus alumnos. A pesar de sus complicaciones en términos de salud, dejó un vasto legado al país, a Latinoamérica y el resto del mundo. Casi que quiso morir componiendo, según cuentan sus amigos. Hoy el país y, especialmente, la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia recuerdan con cariño a ese ser talentoso y seguro de sí mismo, humano y, aún así, preocupado más por la música que por la muerte.

“Yo no tengo miedo a morir, para nada. Lo que quiero es, lo que me toque vivir, vivirlo bien. Si me toca morir, me tocó. Ya he vivido bastante. He trabajado bastante, podría hacer mucho más, por eso quiero mi oratorio, hacerlo como si fuera la última obra de mi vida”, comentó en 2007 mientras se preparaba para un trasplante de riñón, según un artículo publicado por la emisora HJCK en su portal web.

Foto: Gabriel Castro-Rouille, cortesía, Liz García.